Recuerdos de viajes de un italiano escondido

de Enrico Proietti

Traducción de Magdalena Álvarez
___________________________ . silenzi@live.it

Los relatos están por debajo, en orden inverso al de publicación.

Blog

Cascanueces

21.11.2015 16:07

Perdona por lo de antes
tú no tienes ninguna culpa
pero no tenía ganas

de hablar con nadie
¿Mañana será otro día?

[sms, 2000]

 

Pero el viaje más hermoso es el que aún no he hecho contigo, pequeña mamá escondida bajo la coraza del tiempo. Más pequeña aún cada vez que te sientes fuerte y crecida.
Tal vez lo hagamos cuando haya conseguido penetrarla, esa tu armadura de miedo. Hasta de las palabras tienes miedo. Por eso digo “esa tu”, porque espero que te haga daño, y que entonces vengas a llorar el dolor sobre mi hombro, abandonándote a mis partidas continuas.
Viajaremos juntos; y será hermoso. Sí, pequeña gran mamá, ni más ni menos que hermoso, ¿te parece poco?
Quiero llevarte a visitar los confines de la fantasía, darte aquello de lo que hoy te privas y finges no desear siquiera. Pero las punzadas de dolor que sienten tus ojos mientras los apartas de mí te traicionan, pequeña madre de tus hijos. Quiero conocerte cada vez mejor, como el viaje puede hacer posible, correré el riesgo de no desearte más, sin perjuicio de que tu mirada de abandono libere nueva ansia de ti.
Ir contigo de meta en meta, sin lazos que nos encabestren, como por desgracia sucede ahora. Pero olvidaremos todo, únicos dueños de nuestro arbitrio. Te redescubrirás maravillosa: comprenderás que es cierto cuando te lo digo; cuánto lo es.
Y quizás finalmente rezarás. Pequeña mamá gran mujer incompleta.
Yo lo hago ya, lo imaginas, para que se hagan realidad aquellas tus palabras que de vez en cuando repites, aunque sea disfrazándolas con lágrimas de ironía: que haya una segunda vida. Donde podremos ser felices juntos. Donde podré moverme contigo al lado y con tu belleza; la que muestras y la que reservas. Donde podré acercar tu piel a la mía y sentir la acostumbrada descarga, milagro que se repite intacto. Colmaría tus íntimas expectativas. Me estoy disponiendo en todo caso a saber hacerlo, pequeña mamá de esta vida.
Lo mereces, lo necesita ese tu ser pequeña para cada ternura que retienes: como retenida estás tú a este muelle del día a día. Y haces como si te gustase la tranquilidad de la dársena, pero percibes que en esa agua inmóvil se estanca tu capacidad de amor.
Pequeña mamá temerosa, así pues yo quiero conducirte hasta la tempestades fragorosas del océano, entre los oleajes que cortan la respiración, a pelear contra terrores reales. Ya no tienes que enfrentarte a las insidias de los temores banales, implícitos a este sobrevivir quieta.
Quiero convertirte en protagonista de una ventura de la que tú misma diseñarás los escenarios y los lugares, sabiendo que me gustará también a mí. Te estaré cercano como y cuando lo quieras: afrontaremos todas la pruebas sabiendo que las venceremos, superaremos cualquier  frontera, vagaremos sin otro destino que el que hayamos establecido para nosotros mismos.
Te despertarás en sitios lejanos y me encontrarás al lado. De fuera provendrán voces de un mundo distinto donde te ayudaré a perderte o de donde te sacaré al seguro: como tú quieras. Como lea en tu mirada, primera imagen de cada nuevo día, último espejo antes de cada noche.
Pequeña mamá de los ojos acallados, hazlos hablar. Vámonos, partamos, volemos a donde pueda dilatar esos instantes fugaces de serenidad que ya así consigo darte: hacerlos explotar en los espacios más increíbles, que medirás con tu alegría de vivir sin fin. El tiempo nos entregará cada mañana arena nueva que pasar por la clepsidra de la felicidad; y si es poca la haremos discurrir lentamente, contando uno a uno los granitos y confiando a cada uno un mensaje de vida. No los retendremos, no, los soplaremos para que lleven nuestras emociones a lugares en los que ya habremos estado, para que en ellos permanezca nuestro recuerdo, y a aquellos que aún no hayamos visitado a fin de que señalen los caminos a recorrer y los hagan dignos de tus pasos.
Y la arena que fluirá a través del cuello erosionará los rastros póstumos de tu sufrimiento, y del mío, espectador impotente y forzoso bajo el palco en que se representa tu existencia. La mía, sabes, espera a que tú, precisamente tú, le reescribas el guión. Que solo podrá ser magnífico. Así finalmente te comprenderé, podré comprenderte: tú me darás la razón e hacerlo. Tú que aprenderás a partir sin nada que dejar listo, bastándote tú misma, tu voluntad de descubrir: pensando en el gozo del paso a dar y no en la angustia por un terreno desconocido. Nada, de hecho, nos traerá infelicidad, cuando hagamos este viaje juntos. Tú y yo, pequeña mamá privada del espacio y del tiempo.
Reconquístalos. Y parte conmigo.

 

Yo era perro-montaña: tal vez me estoy volviendo perro-mar. ¿Irá bien igualmente?
¿Y tú?, ¿qué haces tú?

Barcelona

30.10.2015 14:24

Perdí las llaves de mi alma en aquella ciudad compacta y variegada. Las dejé convencido de que ella las habría tomado consigo. En cambio tuvo miedo, y tomó solo su cierre. En la estación de Barcelona-Sants, llevando en mano un infeliz ramo de claveles comprado para mí por un infeliz mientras yo ya la buscaba, corría hacia el andén hendiendo a los viajeros que salían. Parecía un idiota, pero un idiota pertinaz y por ello feliz. Pero no lo estaba, feliz.
¿Dónde estaba aquel sueño? No verlo aún me encogía las entrañas. No se puede perder un rendez-vous intensísimamente deseado. Y sin embargo se llega siempre tarde a las citas que más significan para uno. Es como una maldición. Que aquí, de nuevo, en esta estación subterránea, corría el riesgo de confirmar.
Por un tris no fue así. Allí estaba, en el andén, envuelta en un aura luminosa, también ella mirando en torno, mientras avanzaba estorbada por lo necesario para pocos días. En cuanto nos vimos comenzó el estúpido juego de las negaciones innegables, del no mostrar lo que no se puede ocultar, del usar palabras mendaces y del no desmentir las idénticas del otro.
¿Cómo hace uno para amar solo un poco? El amor es un sentimiento absoluto. Y si no lo piensas de joven (como lo era ella) ¿lograrás envejecer sin envejecer?
Yo amaba; lo que en ella quería amar. Lo que me contaba a mí mismo sobre cuanto ella debía ser. Le hacía interpretar un papel de las películas que me inventaba de niño, sin realmente haber nunca crecido.
Ella, ella no podía no amarme. Le entreabría inesperadamente los albores de horizontes aguardados y sin embargo desconocidos. Representaba el término de comparación mejor para cada una de sus ideas. Pero, ironía burlona, a ella le frenaba el sentirme grande, mayor, demasiado para ella. Y no solo por esto: también por mi tener que forzarla, en ocasiones, a no seguir siendo un cachorrito en busca de la teta materna y mi tener que hacerle tomar decisiones de sufrimiento y madurez; por mi correr demasiado, teniendo ya camino que recuperar, por mi obstinarme en querer cambiar la geografía, que nos condenaba.
La vencieron los miedos.
Pero en el enjambre de aquella ciudad indiferente, todo esto pareció olvidado, para conceder unas pocas horas de premisa a una ilusión cegadora: que yo ennoblecí llamándola esperanza.
Gastamos horas de ceguera voluntaria, de no preguntar y no decir. Sobre todo, nos mirábamos el uno a la otra a unos ojos que centelleaban, para ir más allá de las estúpidas palabras sobre las que habríamos construido -y en parte lo hacíamos- máscaras que colocarnos en cualquier ocasión.
Caminamos en la noche a lo largo del Passeig de Gràcia, sin mirar en ningún momento hacia delante, la mano en la mano fingiendo no hacerlo, contando mentalmente las luces reflejadas en las pupilas. El frío nos incitaba abrazarnos, pero resistimos, llenos de insana virtud.
Turistas distraídos, pendientes del deber de dar alguna ocupación a nuestro silencio, visitamos la ciudad: no pudimos perseguir nuestros deseos más que tras las agujas de la Sagrada Familia, añadiendo nuestra expiación viviente, precedente al pecado mismo, a aquella pecuniaria de los barceloneses; nos confundimos entre la multitud que preparaba el fin de año, diluyendo nuestras expectativas en aquellos rituales de la gente de la calle, ignotos cómplices de nuestra autocastración. Buscamos inconscientemente una solución demorándonos entre los callejones y tascas del Barri Gòtic; ahogamos todo instinto en las fuentes coloridas de Plaça de Espanya, coloridas por una alegría que no lograba invadirnos.
Subimos, en fin, al Castell de Montjuïc, en otra noche, límpida e inmóvil. Allí sobre el monte de los judíos, nos asomamos al mar. Fue el instante en que más pequeñas fueron las distancias entre deseo y miedo entre ilusión y esperanza.

Monte de Judíos
antiguo
y
moderno
Estrellas lucían
montajes portuarios
abajo
brillaban
Al frío
dos tontos
entre cielo y tierra
mirando a la mar
maldiciéndola
porque no sabían
navegarla
no encontraron
un fuego
Pocas
centellas
naúfragas
no incendian
leña así endurecida
por inviernos
o
papel mojado
de excesivo miedo
Tampoco en el Monte de Judíos
mágico
cómplice perdido

Cuando después, vencidos por nosotros mismos, hicimos por marchar, encontramos el portón cerrado. ¡Prisioneros en el castillo! Podría haber ocurrido lo irreparable, que ninguno habría jamás tratado de reparar, pero, para no pasar de la comedia a la vida demasiado bruscamente, lanzamos aquella llamada, poniendo por motivo al frío incipiente. Nuestro destino quedó por un instante suspendido: luego un viejo vigilante se acercó imprecando. Lo odié. Espero que ella también.
Habría querido acompañarla hasta Zaragoza, pero la niebla le dio el modo de impedírmelo.
Consintió que la acompañase a Reus, donde retomaría el Talgo. Lástima que aquel tren veloz no pasase por ahí. Así, en la estación de aquella adusta población catalana, la subí a un carro de ganado, reliquia de tiempos pasados, entre huesudas y gordas que se entrometían en nuestro enésimo adiós. El convoy partió. Verla marchar en aquella ínfima clase me encogió aún más el corazón. Me dolía, incluso.

Florida

25.09.2015 10:42

Una más y estoy a siete. Como los gatos. Por suerte no soy un gato. Espero. Hablo de las veces que he corrido el riesgo de morir. Al menos potencialmente.
Vagas pero verdaderas, por suerte aún me quedan. Al menos una.

La primera fue al nacer. Tres días encajado. Mi madre no pudo tener más hijos y a mí me ha quedado una discreta fobia a los pasadizos muy estrechos, que me impide la espeleología.
La segunda, no sé qué años tendría pero pocos, muy pocos. Íbamos al mar y estaba con un amiguito en una barquita: a cuatro, tres metros de la orilla; cuando el hermano mayor de este amiguito anunció, todo orgulloso de las habilidades recién adquiridas, que pasaría buceando por debajo de la barca, tuve un presentimiento. De hecho, emergió directamente bajo la barquita, volcándola con sus ocupantes. Me ahogué. Recuerdo los centelleos del agua mientras me hundía y tocaba fondo. Tragué. Luego… el agua tendría unos sesenta centímetros de hondo y el primer adulto que había por ahí me agarró y me sacó. ¿Qué estaría dentro, dos segundos? Igual hasta tres. Pero vamos, el miedo lo pasé.
Así, pasados los años de la inmortalidad, aquellos en torno a los ocho en los que uno se cree distinto al resto de la humanidad, tendría unos doce, cogí la motocicleta a escondidas. Estaba en Roma, vía Balbo degli Ubaldi, cuesta abajo. No sabía dónde ir, me arrimé a la derecha: a un cierto punto decidí dar la vuelta, haciendo un cambio de sentido. Y lo hice. Naturalmente, se me echaba encima un autobús. No me alcanzó, no ocurrió absolutamente nada. Pero no me alcanzó por cinco-diez centímetros. Si me hubiese alcanzado no sé cómo habría acabado. Pero no me alcanzó.
Y van tres.
De nuevo en el mar: 1985, Calabria, costa tirrénica, grandes olas. Para lucirme delante de la chica, baño. No conocía aquel mar ni aquellas corrientes. Una resaca fortísima, no conseguía volver a la orilla. Qué mal rato. Al final lo conseguí. Después, uno del lugar me explicó que allí hay que esperar a la tercera ola, dejar pasar las dos primeras y la tercera te lleva a la orilla. ¡Si lo hubiera sabido antes!
Análoga fue la de Mozambique, en Macaneta. Allí rocé el heroísmo, porque me lancé a salvar a un adolescente. El mismo problema de la resaca. No había mala mar, pero la resaca era oceánica, fuerte pues, favorecida por una determinada configuración de la costa y de los fondos. Este chiquillo, catorce años, se había alejado un poco, a unos quince metros de la orilla, y no sabía nadar. Un chico sudafricano y yo nos tiramos, y menos mal que éramos dos. Hizo falta un esfuerzo enorme para llevarlo a donde se hacía pie. El joven boer llegó antes que yo, aferró correctamente al chiquillo y empezó a arrastrarlo hacia la orilla. Después de varias brazadas, habiendo avanzado solo algunas decenas de centímetros, literalmente me lo tiró, exhausto. Me cayó encima, por suerte ganando algunos metros gracias al impulso del lanzamiento. Pero yo lo cogí mal, es más, fue él quien me cogió a mí y por  el miedo, fatalmente, se me agarró arrastrándome hacia abajo. Al final lo logramos, pero al salir noté un dolor en mitad del pecho muy fuerte. ¿Quién sabe?, ¿corrí el riesgo?
La sexta, fue en Florida.

Tampa había sido un dédalo de cruces. Habíamos acabado en un barrio pobre. A primera vista casi parecía mono, con aquellas casitas de madera y el verde de rigor delante. Pero bien mirado, se comprendía que no eran chalets, sino más bien cabañas bien hechas imitando chalets. El verde era agrisado, en el recuerdo lo veo como mugriento de hidrocarburos o tal vez enfermo de tumores que lo consumían. Algún anciano negro con evidentes signos de enfermedades mal curadas o incluso de alcoholismo, se sentaba en los portales y escrutaba con sospecha. Algún otro menos anciano se atrevía a hacerse a la calle con aire retador y pronto al desafío. Alrededor, la nada: en el sentido de nada de sentimiento humano. Los negros no hacían nada y esta nada infundía temor. Un apremiante anochecer invernal, y en Tampa con sol parecía más invierno que en Key West con lluvia, impedía ocasos románticos. Venga, con decisión, no importa la dirección. Por fin reaparecieron las señales de la Interstate 75, y todavía con luz nos encaminamos hacia el sur. De nuevo en busca de la Florida de las películas. Que empero por allí no estaba.
El nuevo milenio ha regalado una enésima temporada de fama a Miami. Nuestras catetas nuevas ricas “cruzan el charco” en cuanto pueden. Exfutbolistas e ignorantones no estereotipados que han invertido allí en inmuebles. Basándome en mis recuerdos, me he formado la idea, pendiente de comprobación, entiéndase, de que tanta fortuna deriva de una amplia circulación de cocaína a buen precio. O igual he visto sin tomar distancias Miami Vice. Puede, pero cuando yo la he visto Miami Vice ya existía, e igualmente la ciudad se mostraba tan ensalzada cuanto se me reveló decepcionante.
Ya en el avión, en lugar de deslumbrantes bellezas, había un pleno de viejos. Comprendí al instante que los ancianos americanos se trasladan a pasar su vejez en los estados más cálidos, y entre estos, probablemente la Florida se jacta de la primacía. Faltaba la presentación de las cazuelas, por lo demás era igualita a una de esas excursiones al santuario, salida a las 6:45 de delante de la estación, visita a las reliquias y al convento, comida en restaurante típico y a la vuelta demostración de sartenes antiadherentes. Simpático obsequio a todos los participantes. Cuando en coche se va desde Miami a la Beach, hay un puente tipo autopista con una gran arcada. Al enfilarlo, la vista queda oculta por la subida, mas llegando al culmen, la mirada se abre sobre la laguna y sobre la corona de hoteles de Miami Beach, que en aquel punto se extienden a los pies. Un espectáculo impactante.  Como para volver atrás y repetirlo. Luego, sin embargo, llegados al paseo marítimo desde el que no se ve el mar porque lo cubre aquel decorado de hoteles, superado el estupor inicial por algún trampantojo mural y algún que otro coche deportivo, la percepción cambia.
Tal vez me movió a ello el nombre del hotel, Marc O’Polo, pero bien pronto todo me pareció postizo, como la mozzarella sobre la pizza.

Una breve historia que merece un inciso. En Fort Lauderdale, Guido, un romano que se había casado con una americana, había abierto la pizzería “Solo pizza”. ¿Por qué “Solo” y no “Only” o “Just”? Porque las últimas cuatro cifras del número de teléfono, sucesivas a las fácilmente recordables de una especie de número 800, eran 7656 .Pero, a lo que parece, los americanos están acostumbrados a recordar los números de teléfono con las letras ya desde antes de la invención de los sms, como en aquel tiempo de mi estancia en Florida. Y así pues, he aquí la excusa para un homenaje adicional a la italianidad. ¿O quizás el homenaje era al corelliano Han Solo?
Fuera como fuese, tenía esta pizzería donde trabajaba un marroquí, otra cosa típicamente italiana. Cuando fuimos a buscarlo, Roberto y yo, nos decantó l’ Ammerica y nos ilustró sobre su trabajo. Pero no era uno de aquellos oscuros emigrantes que habíamos visto en los documentales Luce[1], era un buen mozo que había puesto en pie su bussiness tras haber hecho un estudio de mercado. Había ido allí porque después de haberse casado con l’ammericana había decidido seguirla, y se lo estaba tomando muy en serio. Si te lo montas bien, América puede ser todavía el país de los sueños. Su trabajador marroquí se acababa de comprar un spider descapotable rojo que era una pasada: lo había pagado, de segunda mano, a un precio muy razonable. Un galón de gasolina costaba lo que una botella de agua mineral. Así que con un coche como aquél podías ligarlo que quisieras por el paseo marítimo. Tenía los ojos ardientes, el marroquí. Guido era un buen chico, pero se había americanizado un poco demasiado aprisa. Con su entusiasmo de neófito de la ética del rendimiento lo veía todo positivo, todo estaba bien. Ya como italiano debía ser de esos perennemente optimistas despreocupados de la impresión de almas cándidas que podían causar. Entre las varias cosas que contaba detallándolas, estuvo el asunto de la mozzarella.
Nos mostró todo contento un pozal lleno de una cosa blanquecina. Podía ser cola de vinilo cuajada o sudor de foca del Maine emulsionado. Por cómo se coagulaba en pequeños grumos migosos, daba sensación de sintético.
Y de hecho: “Esto es mozzarella;  o sea, hecha en Chicago, es industrial”. Y la palabra ‘industrial’ llenaba la boca de Guido del sabor de la plana del Sele; es decir, de su pretendido recuerdo.
“¡Es buena!” magnificó arrancando un trozo que no se deshilachó ni siquiera un poco.
“Pruébala”, y me metió entre los dientes aquel mega-grumo.
Sorprendido, no pude echarme atrás así que comí. No es cuestión de describirlo. Y Guido, enfervorecido: “¿Qué? ¿Qué tal?”
¿Qué decirle? Me sentí Sergio en la tienda del padre de Rosella[2] y como Sergio me las apañé.
“Es industrial…”, respondí tratando de copiar el recuerdo de los búfalos de la parte de Paestum.

El reino de lo postizo estaba en Orlando. Postizo declarado, y tal vez por ello aceptable. Orlando es Disney World, y Epcot Center, y es también muchísimos otros parques temáticos, de los marinos a los Universal Studios. Fingidas pagodas, fingidas venecias, fingidos despegues con un cohete, fingidos terremotos en San Francisco; comida fingida, vírgenes fingidas, pecados fingidos. Pero lo más fingido de todo había sido la Root Beer. En mi ignorancia y en la ingenuidad que los nombres de las cosas y de los sitios tienen en inglés, sobre todo en el nuevo mundo, para mí que una marca o un tipo de cerveza se llamase “Raíz” lo era todo. Lástima que estuviera en el Reino de Disney.
Las camareras y en general todas las empleadas llevaban pesadas faldas marrones largas hasta el tobillo, en el sentido de bajo los tobillos. No corre el alcohol en el Reino. Disney es esta cosa de que el pato Donald tenga tres patitos en casa pero no sean hijos, sino sobrinos; y lo mismo para Daisy. Vamos, que alguien copula, pero en otras historias. En el Reino de Disney todo es, aparte de fingido, platónico. También el alcohol. Fingido y platónico. ¿Por qué llamar beer a una de las bebidas gaseosas más malas que existen sobre la faz de la tierra? ¿Por qué hacerla de un color que vagamente podría ser de una cerveza? ¿Quién ha copulado en lugar de Donald? ¿Quién se ha emborrachado en el mío? Y si al menos fuese buena: solo la Cherry Coke la encontré peor; sin ni poder beberla la escupí.
El estacionamiento de Disney World está tan apartado (todo a cielo abierto, el espacio no falta en la llanísima Florida) que para llegar a la entrada había uno de esos trenecitos con neumáticos, con locomotoras tipo tractor y vagoncitos abiertos. En cada uno de ellos un altavoz emitía música empalagosa y anunciaba las paradas en los diversos sectores del parking. Tras algunos minutos llegó inequívocamente frente a las taquillas y se paró. Probablemente exasperados por la musiquilla, Roberto y yo intercambiamos una mirada de acuerdo mientras aún frenaba y, en cuanto paró, nos lanzamos abajo. Nos bloqueamos, tal vez suspendidos en las respectivas posturas tras el salto, al darnos cuenta de que ninguno de los americanos se había movido. Justo mientras empezábamos a pensar en tener que volver a subir, del altavoz llegó el anuncio. “Hemos llegado, podéis bajar”. Fuimos sumergidos por una marea de gordinflones comiendo, de abuelas y abuelos con perneras cortas y los caps en la cabeza, de hipertrofiados físicos de alocado optimismo, de inevitables asiáticos maravillados como por un deber de educación. De los primeros que éramos nos quedamos los últimos.

Y así pues, estábamos en la Interstate 75 y empezaba el crepúsculo. La carretera estaba prácticamente dividida en tres calzadas. Las dos laterales  de doble carril, para los respectivos sentidos de marcha, mientras que la central, de igual anchura, era de hierba, con una ligera concavidad en el centro. Poquísimos vehículos en entrambos sentidos. Poquísimos, en el sentido de que se podían recorrer hasta cinco millas sin flanquear a ningún otro coche. Hay quizás un ancestral impulso de volver a la caverna antes de la oscuridad que empuja a acelerar para llegar al destino con al menos un poco de claridad sobre la cabeza. O tal vez es ese cóctel entre las primeras tinieblas (ilusión de no ser visto) y visibilidad todavía discreta (pretensión de seguridad) lo que hace aumentar la velocidad. O igual se corre para no pensar en la metáfora de la muerte del día. El caso es que en aquella hora que despertaba la añoranza se navegaba de largo más allá del inicuo límite de la 55 mph[3].
Agazapada como un animal de presa en el fondo de la calzada herbosa, no vimos a la patrulla de la policía armada de radar. Al poco, la reencontramos pegada al culo con la sirena ululante y la luces estrepitosas y guasonas. A través de un altavoz incorporado a las dotaciones exteriores del auto nos conminaron a algo difícil de entender en aquella voz graznante; pero no podía ser otra cosa que echarnos a un lado.
Paramos con dos ruedas sobre la hierba a la derecha del asfalto.
Fue allí donde me jugué la sexta.
De los dos, era el que hablaba menos mal el inglés y aún así había entendido solo el espíritu de la conminación, mas no la letra. Temiendo que los dos agentes continuaran los gargarismos por el altavoz, y por ende irritarles ya de entrada por no comprender lo que decían, tuve la idea maravillosa. Abrí la portezuela, bajé y empecé a gritar: “I don’t speak English!”. Había apenas puesto el primer pie en el suelo cuando los dos polis en uniforme gris extrajeron sus pistolas, se resguardaron alterados y tensos tras las puertas abiertas de par en par de su coche y me apuntaron nerviosísimos. En un flash me pasaron por delante todas las películas que nos habían estado haciendo ver, releí miles de artículos de periódico, no volví a ver lo infinitos vídeos de Youtube simplemente porque Youtube no lo habían inventado aún, sentí las balas silbar hacia mí tratando de prever las consecuencias del plomo entrando en mis carnes. Bien, por suerte esta última cosa fue solo parto de mi miedo. Los dos cops se detuvieron un instante antes de apretar sus gatillos. Volví al coche.
Estaba ya entro del habitáculo y aún esperaba sentir un disparo llegar, romper el cristal de la luna trasera, atravesar el reposacabezas y alojárseme en la nuca. Vuéltome animal por el miedo, solo sentí bajar su tensión cuando salieron de detrás de las puertas y vinieron acercándose a nuestro coche.
Creo que me salvó el haber salido con las manos bien a la vista, en una instintiva señal de rendición. La rendición era frente a su inglés, por suerte ellos debieron valorarla como un mensaje de no beligerancia y eso les hizo reflexionar aquel poquito que bastó para no dispararme.
Iban seis.

Recuperado del susto, entonado el mea culpa, volvimos a ser los que éramos y fuimos hábiles para virar la historia de posible tragedia a farsa. Los dos del uniforme gris con una banda amarilla a lo largo de los pantalones eran el sargento Lee y el agente Ramírez. Inmediatamente nos centramos en el latino[4]. No en la lengua, obviamente, sino en el agente de apellido chicano. No nos  costó nada entablar conversación. Prácticamente era de nuestra edad. Tampoco Lee era mucho mayor, pero su corte nazi de sus rubios cabellos, el sombrero de estilo colonial aunque gris como el uniforme, incorporada sobre el casquete craneal escondiendo los cuernos y la mirada dura del que tiene miedo de razonar, lo hacían aparecer más maduro, es más, casi marchito. Ramírez para empezar se quitó el sombrero, que no había ya un solo rayo de sol del que defenderse. Había hecho la mili en la Armada y ¡había estado en Gaeta!
“¿Gaeta? ¡Entonces conoces a Davide!
Nos siguió: “¿A qué Davide?”
No nos lo podíamos creer. “Davide, ése que su hermana está tan buena…”. Probablemente en el medio-inglés mezclado con medio-español e italiano de película de mafiosos, se nos escapó la así, en romanesco.[5] Los gestos fueron más eficaces que cualquier tentativa lingüística.
Ramírez se ensanchó en una bella sonrisa y repitió los gestos descritos, asintiendo con la cabeza. Mientras, el sargento Lee escribía, siempre con el sombrero obcecándole el cerebro.
“Ah, sí, dices que sí: o sea que has salido con la hermana de Davide”. Nuestra voz se había vuelto resentida. “Davide es nuestro amigo.”
El agente Ramírez, mejor dicho, el marinero Ramírez, alguna salida con una mujer, en Gaeta, debía haberla tenido. Entró al juego y habría podido ser el inicio de una amistad. Lo negó, nosotros insistimos en que igual no se había portado galantemente, reímos juntos. Entonces llegó lee. Ramírez le habló un momento. La cara del sargento se mostraba asqueada de tanta amistad latina. Sacó la multa, un fijo más un tanto por cada milla sobre el límite. “Pay your fine at Seven Eleven!”, ladró Lee. Teníamos que pagar la sanción en el 7-11.  “Seven Eleven of what?”, pregunté para enterarme al 711 de qué calle, edificio, salida de la autopista u otra diablura americana, debíamos ir para extinguir la responsabilidad. Ramírez nos explicó que el Seven Eleven era una cadena de supermercados. La multa se pagaba en la caja del supermarket. Por aquel entonces, en estas latitudes, no había estancos u oficinas de recaudación donde pagar las multas. Caja de ahorros o giro postal, y punto. Probablemente tal constatación nos hizo sonreír un poco. Lee debió interpretarlo como la sonrisa burlona de dos latinos incubando la idea de nunca jamás pagarán una multa al Estado de Florida, teniendo que regresar a Italia al cabo de pocas semanas. Así que se inventó la amenaza. Nos amonestó que, caso de no haber pagado, al presentar el pasaporte en la aduana nos sería retirado.
Quería hacerle “buu” cuando Ramírez nos dijo, con el aire de un viejo amigo sabio, que si en vez de estar en Florida hubiésemos estado en Alabama estaríamos arrestados. Los ojos del sargento Lee lamentaron no encontrarse en el Estado colindante.

Antes de que encontrase una excusa, nos marchamos cabreados, encerrados en un mutismo que la oscuridad sobrevenida no ayudó a disolver. Tampoco las bajas y monótonas cortinas de verde que ininterrumpidamente cerraban la vista a los lados de la autopista predisponían al buen humor. Y aún menos la soledad y la obligación de las 55 mph. Probamos a encender la radio, pero la lengua del sargento Lee la odiábamos. Apagamos. Más decenas de millas. Nos acercábamos a los Everglades siempre negros. Entonces Roberto llevó la mano a la radio, acompañando el gesto con una palabrota. Salieron unos acordes rotundos.
Háblame de ti bella señora,
háblame de ti y de lo que sientes
háblame de ti de tus silencios,
háblame de ti de tus amantes,
sí, de tus amantes.

háblame de ti bella señora, de tu más secreto, de tu noche oscura...[6]
Aquella canción sellaba el pacto latino entre la lengua de Ramírez e Italia. Reímos, y en la noche oscura intuimos sereno el cielo sobre Florida.

 



[1]  Los documentales del “Istituto Luce” vienen a ser el equivalente italiano de los españoles “NO-DO Noticiarios Documentales”. El instituto Luce ((L'Unione Cinematografica Educativa: es claro que “luce” significa “luz”) fue fundado por el fascismo en 1924 y relizaba filmaciones de propaganda para proyectarlas en las salas de cine. El mismo tono retórico y grandilocuente de aquellas filmaciones se mantuvo en la posguerra, hasta el punto de constituir un modelo perpetuado durante décadas: objeto del sarcasmo de las generaciones más recientes aunque en cierto modo respetado. Hoy, el Archivio Storico Luce constituye un precioso elemento para reconstruir la reciente historia italiana. (N.d.T.)

[2] Referencia a una famosa escena de la película “Borotalco”, de Carlo Verdone (1982): https://www.youtube.com/watch?v=JiF44RVoekA. (N.d.A.)

[3] El original “…in quell’ora che volgeva il desio si navigava...” usa intencionadamente la célebre expresión del primer italiano usada por Dante Alighieri en el Canto VIII del Purgatorio (Era già l'ora che volge il disio / ai navicanti e 'ntenerisce il core / lo dì c'han detto ai dolci amici addio;…). (N.d.T.)

 

[4] Juego de palabras intraducible: el latín, la lengua latina, en italiano es el latino, lo mismo que el adjetivo que hace referencia a los naturales de los pueblos de Europa y América en que se hablan lenguas derivadas del latín. Por ello, a continuación aclara “no en la lengua, sino en el agente”. (N.d.T.)

[5] En el original, de hecho, este “tan buena” se expresa con la palabra “bbona”, que es la manera en que, en Roma, se define a las mujeres sexualmente atractivas, con la típica fuerte aliteración de la pronunciación romanesca. Pese a ser simplemente el equivalente de “buona” (buena), cuando se dice de modo inequívoco a una mujer, no deja lugar a dudas sobre su significado: en cierto modo, aun siendo vulgar, es un piropo. En uno de sus “Incontri”, el famoso periodista Indro Montanelli contaba de una actriz americana de los años 50 que, venida a Roma para rodar una película, se sentía llamar de aquel modo y, obtenida la traducción “good”, no comprendía el motivo. Hasta que alguien le proporcionó una traducción mejor: “good for”. Entonces entendió. Y, a lo que parece, se enorgulleció de ello. (N.d.T.)

[6] Se trata de “Bella señora”, del álbum “Vida” (1980), cantada por Emmanuel (www.youtube.com/watch?v=FWrXDxNFykU); versión en castellano de “Bella signora”, cantada por Gianni Morandi (“Varietà”, 1989), escrita por Lucio Dalla y Mauro Malavasi (www.youtube.com/watch?v=Bfn5nzBdJwQ). La canción en Italia es popularmente recordada en la discografía de Dalla, que a menudo la ha cantado junto a su amigo Morandi. (https://vimeo.com/103508406). (N.d.A.)

 

Johannesburgo

05.09.2015 11:38

Hasta ahora nunca he perdido un avión. Pero he estado a punto. En Gatwick me salvó una huelga de los bomberos de Fiumicino, y por megafonía se recalcaba, que la causa del retraso en la salida era italiana. En Papetee no fue culpa mía y de todas formas una avería en el avión o algo por el estilo nos hizo subir entre las maldiciones de quien llevaba horas a bordo.
En Johannesburgo me salvé yo solo, justo a tiempo, después de estar, hasta un instante antes de que cerrasen la gate, haciendo cola en la de al lado. La misma compañía, por tanto la misma sigla; el número de vuelo un anagrama ¡con la primera cifra igual! Y todo ello en un recinto confuso abarrotado de viajeros vociferantes y amontonados de un modo tal que casualmente se hacía más ordenado solo a partir de una muralla de armarios rubios con la piel eritematosa. La sospecha me vino observando las actitudes de los respectivos pasajeros a la espera del embarque, me arranqué finalmente la costra de los ojos y en cuatro saltos me planté en la puerta justa para París, vía Frankfurt. Dentro del fingerno había ya ni rastro de aglomeración. Las hostess tenían ojos maternales, los steward de reprobación.
Una razón para mí despiste, eso sí, la había.
Se me habían ido los ojos tras un tambor formidable. La intención no era tocarlo, soy un negado, sino usarlo de mesilla de noche. De mesilla. ¿Qué pasa? ¿No se puede usar de mesilla de noche un tambor? ¿Un hermoso tambor de piel suave pero bien tensa, el cuero cálido, de bonitos colores y sin demasiados perifollos supuestamente tribales? Bueno, de todas formas acabó venciendo el escrúpulo de pagarlo a un precio turístico, intuyendo, mejor dicho sabiendo, que la paga de quien lo había construido seguía los parámetros africanos. O chinos, a saber. Y encima la dificultad de embarcarlo, habiendo ya pasado el check-in. ¿Qué habría tenido que hacer, salir de nuevo (y cómo)? ¿Volver a presentarme en el mostrador? Igual hasta habría tenido que pagar un extra. Ok, nada de tambor. De todas formas lo de la mesilla está resuelto.
Aún así, no era esta la razón causante del despiste. Digamos que había sido la premisa.

El Johannesburg International Airport, sigla JNB, está en la ciudad de Kempton Park pero no lleva su nombre. En aquél momento ni siquiera había tomado aún el nombre de Oliver Tambo, después de que el gobierno hubiera decidido no poner a los aeropuertos nombres de políticos y antes de que cambiase de idea. Tal vez todo ello ha servido para quitar los nombres de los exponentes del régimen racista y sustituirlos, tras el lapso de tiempo oportuno para no herir demasiadas sensibilidades residuales, con los del ANC, del que Tambo fue presidente desde el exilio de Lusaka. Así, ahora su nombre se ha dado al aeropuerto que hasta 1994 llevaba el de Jan Smuts, antiguo primer ministro, un tipo realmente extraño y ambivalente: héroe para los colonos holandeses en la guerra anglo-bóer y para los ingleses en la primera mundial, artífice del  estatuto de la sociedad de Naciones, además de fautor del nacimiento de la ONU y teórico de la segregación racial. No está al alcance de cualquiera. Quizás de algún político de nuestro país.
Este aeropuerto que en aquel momento no tenía nombre, tras el final del apartheid ha intensificado notablemente el tráfico de viajeros y ha hecho todo lo posible para mostrarse moderno, democrático, paritario. Así, aquella tarde ya hervía de establecimientos comerciales de todo tipo, y a pocos metros de la tienda de productos tradicionales donde mis ojos seguían fijos en tambor, había un bonito pub british style.
Si digo que era una especie de chiringuito en mitad de un cruce de pasillos suena a muy poca cosa. Digamos que se situaba dentro de un nudo entre amplios pasillos, en una posición estratégica. En realidad tenía dimensiones bastante grandes y servía una razonable variedad de cervezas, así como platos a escoger, ay,ay, en una carta tipo fast food donde a cada uno correspondía un código numérico. Índice de serialidad, difícilmente conciliable con la calidad. Eficiente pero poco natural. Pese a todo, la descendencia de las public houses era clara,evidente. Abundaban las maderas oscuras, y sobre la barra daban caña a este que de cañas vive y por cañas muere.[1] Un joven camarero con el pelo ordenadamente algo largo, merodeaba por en medio. Rubio como mandan los cánones, tomaba nota con mirada atenta pero siempre, siempre, baja. Otro tipo, lúgubre y pálido, con gafas de montura algo antigua, oscura, parecía estar allí por otros motivos profesionales y no para sacar adelante el garito.
La renuncia al tambor me había dejado, nunca iba a estar mejor dicho, amargor en la boca, y cruzando aquel cruce de culturas cerveceras, la mirada se cruzó con los tiradores que, bajándose, hacían subir el líquido rubio o ambarino o negro para luego dejarlo descender a contenedores vítreos de variadas formas, cada cual adecuada al tipo y la marca. Los líquidos lupulizados ascendían espumosos con menor o mayor vehemencia dentro de dichos contenedores , los cuales, alzados por brazos puede que excesivamente vigorosos, caían luego en bocas, gargantas, esófagos y estómagos avezados a su paso. Frente a tanta metáfora antirracista, inmediatamente se formó en mi boca y garganta y en mi esófago y estómago el deseo de aplacar la desilusión rociando sus mucosas, o lo que la anatomía diga que son, con un fermentado de malta de cebada.
Al imaginar un sabor en la propia boca, los más lo situarán en la zona palatal. La correlación sabor-paladar es casi automática. Yo no. Yo, al menos para los líquidos alcohólico, lo sitúo sobre los dientes, en la mitad alta del llamado vestíbulo, esa profunda cavidad en herradura comprendida entre la superficie central de las mejillas y la posterior del labio superior, por una parte, y la vertiente externa de la arcada gingivo-dentaria superior, por otra. Allí. ¿Qué pasa, no puedo? Vampire inside.
Sí, vale, podía explicarlo en términos más banales, pero era un superviviente de la asistencia a disertaciones odontológicas. Provenía de lugares donde un absceso en un diente puede hacerte perder un ojo y donde mantener la dentadura intacta más allá de los dieciséis años es un gran acontecimiento, así que me sentía muy identificado con el aspecto médico y con su vocabulario. Volviendo a aquella tarde, de hecho había renunciado al tambor también por un leve soplo de la conciencia. ¡Pero una cervecita…! Para una cerveza al vuelo aún estaba a tiempo. ¡Ah!, hacerla descender por la garganta, improvisa y abundante, hasta casi anestesiarla, sentirla gorgotear esófago abajo, superar con un impulso el cardias y  entrar en el estómago, costear sus paredes, rodar hacia el fondo alzando una ola que rompe contra sí misma. Tras la precisión odontológica, ¿me invento sensaciones gástricas? No creo, pero y si así fuese ¿qué?
¿Qué tomar, una lager no demasiado amarga pero aún así refrescante, una ale menos fría y más penetrante, o tal vez mi preferida, una stout pastosa y saciante. Esto, por lo que hace a las macro-distinciones. Antes de aventurarse a saborear especialidades particulares, había que ver qué tenían. Desde luego, en aquel ambiente International del aeropuerto sin nombre, no iba a encontrar la Umqombothi zulú de sorgo y maíz, pero me intrigaba ver si la oferta era más de tipo anglosajón o de tipo germánico. En realidad, era precisa y típicamente International, así que mis macro- categorías no iban tan desencaminadas.
¿Qué tomé, pues?
No tiene importancia.
Pero vamos a ver, dirá mi única lectora, ¿después de todo este rollo, no importa lo que tomaste?
No, no tiene importancia porque es absolutamente irrelevante. Ni siquiera lo recuerdo. Lo que en cambio sí tengo bien presente son la fugas que relucían sobre el fregadero, reflejando las luces difusas y las sombras pasajeras de aquella parte de terminal, y las pastosas adulonas del pub. Vasos colgando boca abajo en escurridores de barras cromadas, recipientes del tipo adecuado a cada una de las cervezas tiradas, cada uno con forma distinta y llevando la marca del producto con que casaba. Tallos cortos y tallos largos, sin tallo, asas o sin asas, de pinta o de media pinta, múltiples formas idóneas para resaltar el aroma de cada una. Entre todos, uno. Lo advertí con emoción igual a la de cruzarte con dos pupilas que hablan. Era precioso, la inscripción CASTLE en diagonal contenida entre dos líneas dobles, de las cuales una blanca y la otra, siempre la más interior, dorada, con la inferior interrumpiéndose al centro para alojar el rótulo “lager”. A las dos líneas superiores, en cambio, se sobreponía el escudo con el castillo, no rojo como de costumbre, sino blanco sobre fondo dorado (“castillo almenado de oro sobre campo de gules” creo se diría en heráldica). Las inscripciones blancas sombreadas de negro. Una jarra de pinta tronco-cónica. Hermoso ejemplar.
Apenas recuperándome de aquella emoción, una segunda oleada. Como si de dos perlas avellana hubiese pasado a dos espejos verde-azulados. Colmado de todos.
Ni siquiera sé describirlo. Un cáliz con el tallo esbelto y sin embargo poderoso sobre un pie bien proporcionado ni demasiado ancho ni demasiado estrecho. El logo fantástico enmarcado por elegantes arabescos que daban al conjunto una trazas nobles. Y de hecho estaba coronado por un perfecto círculo dorado que envolvía el borde para embellecer la boca. Y para tentar a otros a besarla, reina declarada.
Los quise. Es el caso, en efecto, que colecciono vasos de cerveza. Bueno, una pequeña colección, y ninguno robado. Una norma che me impuse enseguida, para no caer en el remolino de la tentación. Desde luego persiste. La tentación, digo. Permanece. También allí, en el aeropuerto de Jo’burg. “Lo mango”. Lo pensé. Pero el caso es que quería los dos.

-Dos son demasiado. Y encima no he comprado el tambor también por escrúpulos éticos, no voy ahora a robar dos vasos de cerveza; dos espléndidos, maravillosos, tampoco demasiado aparatosos -¡en el equipaje de mano caben! Relleno uno con la camiseta de recambio, el otro con los slip y ¿qué más?, ¡Ah, claro, los calcetines gruesos para el avión!-, dos irrenunciables, preciosos vasos de cerveza.No, no los robo. ¡Ay Dios!, el rubito está demasiado absorto en recolocarse el pelo por detrás de la oreja como para darse cuenta -allí está, otra vez, y encuanto lo hace se mira aún más a los pies. Bastaría un instante. Controlo fácilmente los movimientos a mi espalda. Pero vamos, que no. Se me acerca, como a hurtadillas. Acallo las voces delictivas y le pregunto si, qué sé yo, sería posible comprar un vaso. Sea que mi pésima pronunciación está lejanísima de la bóer o que lo hayan despistado sus extremidades, el caso es que no entiende. A la segunda, cuando entiende, pone una cara que ¡ni los dedos de sus pies entrelazados! Me desanimo un poco pero no claudico y subrayo mi intención e pagar. No querría que hubiese entendido que lo quiero de regalo. Pero igual no está sintonizado en “entender”. Me ametralla una frase que no comprendo, así que no respondo. Lejos de ponerse borde, se siente pillado en falta. Esta vez entiendo que me dice que se va. Pongo cara de coker asomado a la ventanilla, dejando entender que pillaré una otitis…Por primera vez alza los ojos lo suficiente para permitirme ver su verde desvaído tirando amarillo fangoso.
Just wait!me conmina y se aleja. Para infundirme confianza, remiro los vidrios henchidos de gloria cervecera. Sigo con la mirada al rubito descolorido y lo veo confabulando con el lugubérrimo. El primero indica con la mirada una línea sobre el pavimento que el tétrico sigue hasta llegar a mí. Se contonea un poco por la sala para luego mirarme por lo bajinis.  Por fin se decide y viene.
Hi, I’m Name Surname. I’m the restaurant manager. How can I help you?”
Paso por alto su requerimiento sobre cómo podría ayudarme y me quedo de piedra por su definirse como gestor del restaurante. ¡No es un restaurante, es un pub! ¡Hay alguna diferencia, la hay! Vuelvo luego al objetivo y le digo que querría comprar los vasos. Por su reacción, queda claro que Su Eslavidad no se había explicado.
I would buy the glasses.
What glasses?
Los señalo. Luego añado que me basta también con uno. No es cierto, pero lo veo muy asustado. Lúgubre ya es, ¡imagina lúgubre y asustado!
En la articulada respuesta, las palabras “not” y “possible”, sí, están.
Como a menudo hacen las personas que no aceptan el diálogo por miedo, finge tener mil cosas que hacer aparte de contonearse de aquí para allá entre las mesas como un cura picajoso entre los bancos, comenzando a separarse de la barra y desviando la mirada.
Why not possible?”, pregunto, tratando de vitar la polémica. Se lo he visto hace a los estadounidenses, este preguntarse retóricamente la razón de algo que su personal Constitución no contempla.“I pay for that”, añado con tono de quién ha sido el que no se ha explicado bien.
Morticio la emprende con una larga disquisición en su inglés que no es el mío, compelido por mi haber invocado mi Constitución y aludido a la suya, de comerciante. No entiendo gran cosa, sino que el asunto se complica. Last chance: el llanto.
Well, you know, I wish them ‘cause me, I collect beer glasses.
You, you collect?
Beer glasses, ya.
Se reanima. Poco, pero se reanima. Me hace señal de que espere y se aleja. Es el segundo. Desaparece sin ni siquiera contonearse. Le he pedido confesarme, ¿tal vez ya lo he hecho?

(“Lufthansa, flight LH7342 to Frankfurt boarding now!”)

Pero vuelve. Su cara sin embargo no está iluminada.
And so…?”, aventuro.
Errado como un gato que se escabulle por un parterre para atrapar a un ratón, se agazapa bajo el taburete  y coge un horrible papel plastificado.[2] Hace por hablarme, luego de golpe se desvincula del acercamiento y se va de nuevo, como si tuviese una última cosa que controlar.
Se vuelve a presentar al poco, siempre con el menú a prueba de salpicaduras, y la reeemprende con otra cantinela.
También esta vez, descifrar su lengua tal vez muerta no es cosa fácil. Le hago repetir algunas palabras varias veces, las repito yo para estar seguro. Indico “esta” sobre la carta.
Anyway, I pay”, concluyo yo su disertación.
Yes, but…”, y venga otra vez a mostrarme los platos –no entiendo por qué- indicando especialmente una ensalada. Habla uniformemente, mirándome por encima de las gafas antiguas que ha bajado un poco sobre la nariz. Percibo que me está repitiendo cosas ya dichas, a la espera de mi comprensión. A la que le cuesta llegar. Digo una frase un poco por decir.
I just had a beer, I don’t ask any dinner
Aquí se extraña un poco.Pero recobra paciencia y me explica, por fin en un inglés abierto, que habría encontrado la manera de venderme los vasos, solo que es un método elíptico, cosa que le mortifica, por lo que solicita, es más ahora ya implora, mi aprobación.
La cosa es vagamente italiana, los canales de recepción del mensaje se abren. Hasta sus gafas parecen ahora de moda.
OK, no problem”, digo sonriendo. “What do I have to do?
De molesto pasa a consternado.
Nada, no tengo que hacer nada, solo ser tan amale de aceptar esta propuesta suya al borde de la ilegalidad.
Because we need to issue a receipt for each payment…” pero en el ordenador de la caja no está prevista la entrada“beer glasses”. Así que ha pensado que podría hacer ver haberme vendido aquella famosa ensalada que indicaba, la cosa más congruente como precio por los dos vasos de entre las presentes en la carta. Pero está apuradísimo por haber ideado este subterfugio –se tendrá que ir a confesar por lo menos con el obispo- y confía en mi benevolencia. Interesada, por otra parte.
Antes de que siga y se arrodille le tiendo el equivalente a 19 dólares (cara la ensalada, y caros los vasos, pero qué-más-da) y le grito: “It’s OK, thank you!”.
Está indeciso entre condenar tanta exultación por mi parte y el regocijo por haber satisfecho mi petición. De pecador, ¡pero coleccionista!

Así pues, ¡los vasos eran míos! Dentro de uno metí el complicadísimo pero obligatorio tique y, envueltos en papel absorbente, los metí en la bolsa que llevaba como equipaje de mano; luego me encaminé por el pasillo que conducía a la gate. Qué hora era, no lo sabía. Sentía la cerveza entre los dientes y un poco también dentro de los caninos (¿iba a ser yo la causa del aspecto mortífero del manager?), todo el periodonto disfrutaba del placer presente y de aquellos futuros que vendrían aportados por mis nuevas adquisiciones.
De repente me asaltó un cansancio repentino. El tambor con la piel bien tensa, renunciar o no; y entonces toda la historia de los vasos y las cartas plastificadas, el rubio mortecino y el oscuro mediomuerto. Tal vez se me había manifestado un problema a cargo de los electrolitos del cuerpo, igual un bajo nivel de potasio o de sodio; o bien algún problema metabólico que esta cerveza sin comida había puesto en evidencia. O no, simplemente una caída de tensión tras el estrés emotivo.

(“Lufthansa, flight LH7342 to Frankfurt. Last call. Passengers are requested to go to the gate for immediately boarding.”)

Así, cansinamente, por cierto, atravesé el Johannesburg International Airport, sigla JNB, que está en la ciudad de Kempton Park  pero no lleva su nombre, ni había aún tomado el de Oliver Tambo ni llevaba ya el de Jan Smuts, y me asomé sobre el gran recinto lleno de eritematosos. Mientras me disponía a bajar las escaleras, un nuevo anuncio.

Lufthansa, flight LH7342 to Frankfurt. Please go to the gate for immediately boarding.

Miré las pantallas preocupado, el rostro nublado como por hipoglucemia. Vi la primera gate a la derecha que llevaba el rótulo de mi vuelo, LH7432, y me puse en fila, sin que la miastenia creciente me hiciese reflexionar sobre por qué había tanta gente en fila ni leer el destino.
Luego me salvé.

En cabina, me senté en el silloncito de piel y… Al cabo de poco rompí  el cáliz de la Amstel y con el vidrio roto, amenazando primero a la azafata y luego al comandante, desvié el avión hacia Barazuto, obligándolo a un amerizaje en la laguna durante la marea baja, cuando se tiñe de esmeralda y topacio. Era la misma laguna donde una vez, a varias millas de la costa y otras tantas de Benguerra, bajé a empujar la barca… Cuando me desperté sobrevolábamos la Costa Azul.



[1] En la versión original, el juego de palabras aprovecha la denominación que en italiano se da a la cerveza de barril -birra alla spina- y alude a una “corona de espinas”sobre la barra, en absoluto de calvario. (N.d.T.)

[2] Juego de palabras que la traducción no permite conservar pero que vale la pena leer en el original: Ratto come un gatto che sgattaiola da un’aiola per catturare un ratto, s’acquatta sotto il sediolo e raccatta un’orribile carta plastificata. (N.d.T.)

 

Jerusalén

10.08.2015 07:00

Será de alto unos cinco metros. Gríseo.
Se nos apareció delante de repente, tras habernos extraviado en el camino a Jericó. Sucio.
Nos impedía seguir con chocante insolencia. Mudo.

Dicen que hay dos ciudades, pero identifiqué al menos cinco. Tres están unidas y en cualquier caso un poco mezcladas, si no revueltas. Para colmo una es virtual, verdadera cuando la consideras. Otra está separada de todo, increíblemente también de su hermana.

La cuna de las tres grandes religiones monoteístas se halla enrocada sobre la divisoria de aguas de una cadena interior paralela a la costa. Al oeste las pinedas de aromas mediterráneos, lo valles cultivados, las casas de piedra con sabor latino, la tierra, las flores y los frutos. Al este el desierto. Los árabes están al este.

Se llega, como llegamos nosotros, subiendo. Respirando: olores reales y aires ficticios como de los que nos impregnamos. Y en fin no viendo hasta que no se quiere ver lo que era en sí y esperaba ser visto. Como hicimos nosotros.
Tal vez ya llenos de desierto, o quizás solo sucios de arena y viento.
Desde luego extraños a aquellas calles y a aquellos muros, ajenos al misterio y a lo obvio, lejos de toda recóndita mística tanto como de todas las manifiestas mercantilizaciones. Con una preparación mínima, distante en el tiempo, cargada de conceptos hilvanados nunca desentrañados, solos; con riesgo de pérdidas y perdiciones.
Por otra parte ya perdido, yo, en la luz niña de ojos que lloraron.
Así, insensatamente inconscientes, abordamos la ciudad;  las ciudades. Sumergiéndonos irreflexivos pero sin bombonas, respirando el aire auténtico del sitio, con todos los riesgos que conlleva.
Que es el modo mejor de vivir Jerusalén.

Si se está bien. No si es Rosh haShaná[1]  y se tiene fiebre. Una fiebre estúpida que una colcha demasiado corta, eficaz metáfora de las propias ambiciones y contradicciones, ha traído al hotel. Cómplice la corriente bajo la puerta.
Entonces se baja y se pregunta en reception si tienen una aspirina. Y no la tienen. Pueden mirar por internet si por un casual hay alguna farmacia abierta, pero es Fin de Año y en la ciudad está todo cerrado. Probemos. El empleado busca, busca, luego telefonea pero nadie responde. Vuelve a telefonear y nadie responde. De nuevo, y de nuevo nada. Repite que todo está cerrado y parece apenarse por la rabia que provoca. Después las cejas se distienden un segundo apenas. Al milésimo timbrazo alguien ha contestado. Dice algunas palabras, luego pasa el teléfono: explíquese directamente con el farmaceútico. Por suerte aquel habla un inglés no perfecto pero comprensible. Hace falta un poco de paracetamol y un antitusivo, tal vez un mucolítico. Por supuesto, tiene. Bien, retorno del teléfono al recepcionist, que habla un poco más en voz baja, volviendo a adoptar una expresión  ceñuda, incluso vagamente consternada. Finalmente, escribe. Confirma con un gesto y una ojeada: la dirección. Luego lo pasa. Está escrito en hebreo y él se encoje de hombros: no sabe dónde está, es algún sitio bastante a las afueras, pero no lo conoce. Debería estar cerca de un lugar que nombra y que al momento puede que fuera hasta entendido, pero no tiene ni idea de cómo llegar allí.
Convendría tomar un taxi y preguntar al conductor, sugiere.
Fuera del hotel los taxistas son mucho más escasos que los días laborables: solo un par, probablemente a la espera de alguno de los rabinos que la tarde anterior estuvieron de celebración en el restaurante del hotel. Leen la nota pero sacuden la cabeza, se consultan entre ellos y lo devuelven diciendo, más bien farfullando frases incomprensibles. ¿No conocen esa dirección? ¿La reputan  inconveniente?

¡A la porra! Todo esto me está pasando a mí, y yo ahora tengo una idea. Mejor dicho: no solo tengo una idea, también tengo un coche. Ahora lo cojo y voy en busca de una farmacia. No está solo el coche en mi idea, sino también el razonamiento de que Rosh haShanà es una fiesta judía y que por tanto los árabes deberían trabajar. ¡Y una farmacia árabe la habrá también!  Precisamente el día de antes he visto como ir a la ciudad árabe y así lo hago. Me encamino cons ostentosa seguridad por las calles de sabor californiano y desciendo a la brecha de la historia dejando los muros medievales a mis espaldas. El paisaje cambia, los rostros también. Sobre todo las miradas.
También el conocimiento y el acento del inglés cambian: a peor.
Innumerables intentos, algunos dicen cosas, indican, pero siguiendo o creyendo seguir las informaciones proporcionadas no llego a ninguna parte, no avisto ninguna farmacia. Tipos panzudos consultan con tipos huesudos, después los panzudos me sonríen y con determinación me explican que prosiga algunos cientos de metros y que vuelva a preguntar porque la farmacia está allí pero tendré que preguntar. Quizás estará en alguna callejuela interior, pienso y confío. Lo más raro es que ahora recuerdo que la indicación definitiva me la dieron en una charcutería. La evidente imposibilidad de tal circunstancia da una idea de la fiebre en aumento. O tal vez no, quien sabe, puede que en aquel delirio de Fin de Año judío para mí quizás fuesen árabes cristianos. Alguno habíamos conocido ya. Uno en particular, un señor entrado en años con gafas cuadradas, lo habíamos conocido espiando la vida apenas fuera de los recorridos de los grupos de peregrinos y había resultado una agradable conversación; después nos había conducido a un restaurante cristiano próximo a la sede del Patriarcado Católico, y por último se había ofrecido a hacernos de guía para el día siguiente. No habíamos acudido a la cita para perdernos solos y por la fiebre sobrevenida. Cristiano era también el joven pingüe que nos había vendido una memory card a precios inenarrables pero también explicado muchas cosas sobre cómo regirse por aquellos lares. En definitiva: árabes con crucifijo bajo el Gólgota los había. Pero no, no creo que entrase en ninguna charcutería.

El caso es que, a un cierto punto de mi búsqueda un señor habla un inglés mejor y me dice con aire convincente: “¿Ve allí donde está saliendo aquel coche? Entre allí, suba por la calle de la izquierda y en 500 metros a la derecha tiene la farmacia.”
Preciso, seguro, fiable. Voy. Igual hasta me acuerdo de darle las gracias.
No pienso en dispararle. Ni siquiera con un tiro fingido de una de las miles de armas a la venta en cualquier puestecillo árabe de Israel, copias perfectas de aquellas que en alguna parte debían estar también en el comercio. En manos de todos los niños y adolescentes de Israel, parecen armas auténticas, usadas con competencia y credibilidad de contexto. ¿Debería? Sigo las indicaciones, imposible equivocarse. Me meto por donde había salido aquel coche, tiro a la izquierda, empiezo a subir. El paisaje no es como cerca del hotel ni como por la Vía Crucis. Recuerda vagamente a una película neorrealista en la Italia del sur durante la inmediata posguerra arruinada por la remontada americana. Esta calle en cuesta, estrecha, ruinosa, con un collage de asfalto y cemento y baches me parece haberla visto en la tele, en una de aquellas películas con los chiquillos desastrados, los mulos, las casas desconchadas, los rostros quemados por el sol y la pobreza. Películas en blanco y negro, incluso con aquel tono sepia del envejecimiento. Aquí el mismo tono lo da la voz del desierto. Es empinada la calle, y trepa entre casas de chapa de pequeñas ventanas cuando las hay; sin orden, un Medievo medioriental de nuestros días. ¡Nuestros! Los días palestinos no nos pertenecen tanto cuanto de ellos tenemos noticia en cada telediario. Al principio este salvaje paisaje urbano mantiene una cierta levedad que se enrarece yendo más allá. Ya: más allá. Más allá de los 500 metros antedichos  por el amable señor que hablaba un inglés mejor. Habrá calculado mal. Al doble de la distancia, estoy perdido.
Si se consigue vivir un después, a menudo uno se pregunta sobre la imprevisibilidad de los acontecimientos, sobre los instantes que cambian la vida, sobre cuánto de improvisado haya el hado. No fue mi caso. Inconsciente de tener necesidad de conciencia, tuve mi después. Sin embargo nada de aquella aventura fue instantáneo. Habría tenido algún modo de darme cuenta de las revueltas por donde iba gradualmente subiendo. Vuelco de imágenes y de mundos, en una tierra de los dolores que nada enseñan. Sin embargo fui. ¿La fiebre ascendente? ¿La estupidez permanente?

Total: subo. Con mi coche de Hertz llevo el corazón un poco más allá de cuanto habría pensado antes de estar en el vilo de este reino. Judea bendita y maldita. No los prados, las dulces colinas de Galilea, la tierra donde tal vez la primavera es más verde; calcárea fina en Sión, luego la arena. Óptimo lugar para morir. Subo creyendo aún en encontrar. ¡Y encuentro, ya lo creo! La calle ahora es realmente estrecha, no deja posibilidad  de maniobra para dar la vuelta y volver a bajar. Quiero parar y ceder, pero me decido o me dejo decidir a recorrer cuarenta metros más. Los que bastan para que dentro de las ventanillas, en el aire acondicionado de un coche judío, penetre la desesperación de un enjambre de chiquillos palestinos, apenas calmada por el deseo de jugar. Una treintena de pequeños fedayines surgidos de la nada rodean el automóvil, blandiendo pistolas y kalashnikov. Mi llegada es perfecta para su simulación, es una variable imprevista que hará brillar las técnicas guerrilleras de los más valerosos. Son perfectos. Parece una película, de las bien hechas. Solo la edad de los protagonistas es distinta. Espero que no la armas y que sean falsas ambas. Sí, hombre, son las de los puestecillos.  Eso espero. El caso es que tengo a dos tipillos de unos 9-10 años pegados a la amarilla matrícula israelí, o sea judía, cuatro-cinco entre los 8 y los 12 por cada lado del coche, otros mil, diez mil, todo un ejército irregular se arremolina en torno. Tengo miedo. Apago el aire acondicionado. Oficialmente todos me ignoran: los pegados al coche, los que pululan enloquecidos, los de las armas reales dentro de casa. Comprendo que con un simple arranque en cuesta erróneo puedo fastidiarla. No esperan otra. Si toco a uno, no sé si salgo de ahí. Uno de los más grandes está erguido un par de metros delante. Debe ser un jefe. De los que van ganando. Era bueno también yo jugando a la guerra, como lo puede ser un vitaminizado hijo del boom económico, pero consigo entender cómo va la batalla. Y quién manda.
Tendrá unos doce años. Los cabellos negrísimos y suaves a pesar del ambiente. Leva una camiseta del mismo color que la piel. Mira los movimientos de los suyos a mi izquierda pero a la vez me vigila a mí. Decido que debe verme. La única manera de salir indemne. Sé que no debo abrir la portezuela, ni agitarme. Si es ya una animal sentirá mis ojos en los suyos. Me separo un poco del respaldo, para atenuar, para él, los reflejos del parabrisas. Lo miro, intensamente. Es ya un animal.
Tiene los ojos negros y endurecidos por la vida. A los doce años. No es un cliché. Las circunstancias te llaman a juegos que no siempre decides (yo no decidía hacer de director). Esta vez, el juego que se ha presentado es: decidir la suerte de un extranjero. Lo interpreta bien. La dureza y la fiereza de su mirada son notables, casi lo envidio. No sé qué pretendo comunicarle y aún menos qué recibe él. Aprecio la patente, casi ostentosa capacidad de analizar y elaborar a altísima velocidad. No me dirige gestos ni expresiones. Solo a un cierto punto se vuelve y grita una orden a los suyos, pero claramente no relativo a mí o a mi situación. Retoman el juego anterior. ¿Era este otro un poco demasiado arriesgado, demasiado prematuro? En el instante de un retorno de mi espalda al contacto con el asiento el enjambre ha desaparecido hacia abajo. Reculo.

Pero la fiebre persiste. Ahora estoy a tope de adrenalina. ¡O de quién sabe qué! Por suerte mi padre a los catorce años me enseñó a conducir marcha atrás, eran ocasiones. en la que iba marcha atrás también el tiempo. Cauto vuelvo a bajar al callejuela, encuentro un hueco donde nadie pueda reclamar por  intrusión en propiedad privada, doy la vuelta y sin tirones salgo de allí.¿Pero a dónde? Me viene a la cabeza el cristiano con las gafas cuadradas. Con él nos habíamos entendido, o sea que aceptaremos su guía. Para no habernos presentado, la fiebre es también una excusa perfecta. Ni siquiera lo parece. Debo regresar allá arriba e ir a la ciudad vieja. Lo hago. Vuelvo a subir por la brecha de la historia hacia el pleno sol de las colinas judías.
Tengo que entrar por Jaffa Gate, la puerta de Jaffa, lo mismo que habíamos hecho caminando tranquilamente a unos diez minutos del hotel, e inmediatamente tras la cual, adentrándose por las apacibles callejuelas de la izquierda, él estará como la otra vez sentado en la calle fumándose un cigarrillo, la camisa abierta sobre la camiseta, la cruz al cuello bien visible, hablando con sus amigos. ¿Dónde aparcaré? La circunvalación en torno a las murallas no es precisamente un lugar cómodo para buscar aparcamiento, pero no tengo prisa y además me siento un poco débil, no tengo ganas de caminar mucho. Demasiado preocupado, me meto por el túnel que va atraviesa la puerta. Por suerte dura poco, en cuanto  emerjo tiro para la derecha y vuelvo a recurrir a la marcha atrás, metiéndome de culo en un pequeñísimo parquin. Hasta hay sitio. Jaffa Gate a fin de cuentas está a pocos pasos. Como peatón, paso lógicamente justo por la antigua puerta, y no por el boquete automovilístico practicado a su vera. Dentro, en una pred vuelvo a ver el receptáculo metálico, un poco oxidado, de la mezuzá, el pergamino enrollado de izquierda a derecha que lleva escrita a mano por los escribas la doble cita  de la Torá “E inscribirás estas palabras en los postes de tu casa y en tus puertas” ¿De quién serán estas puertas árabes? Apenas cruzo este misterio, en la esquina de la primera a la izquierda, una inequívoca flecha invita a sobrepasar el Money Exchange y  entrar en la callejuela: Jaffa Gate Pharmacy - open daily 9am-8pm. Con la mirada esperanzada y desilusionada al tiempo rebaso al bies el saliente opuesto, más próximo a mí, para atisbar lo antes posible si las persianas están subidas. Son esos instantes en los que aprendes a conocer tu punto de ruptura. No importa la banalidad de la circunstancia. Comprendes si eres un niño que querría a mamá protegiéndolo o un duro que no se rinde.
Está abierta.
Entro, un médico claramente palestino habla un inglés universitario. Espero pocos instantes a la cliente delante de mí, a continuación él me da las medicinas, aconsejándome incluso. Salgo, en cuatro minutos vuelvo al coche, en tres llego al hotel. Siete minutos en total. El número de la perfección. Quizás la Internet judía está calibrada a un paso más veloz. Ha calculado seis, el número de la imperfección. Será  por esto por lo que no le salía la Jaffa Gate Pharmacy. Una farmacia árabe. A dos pasos del hotel. Toda la mañana dando vueltas y con riesgo de una mala aventura. ¿Árabe o judía?

Delante del hotel no hay ningún taxista. Entro en el Shabbat  elevator, el ascensor de los días consagrados donde no necesitas pulsar los botones: entras, sube hasta el último, luego baja piso por piso, las puertas correderas se abren y sales. No antes de haber tenido que empujar una puerta. Protesté vivamente por este hecho. Si apretar un botón es trabajo, ¿empujar una puerta metálica no lo es? En todos lo hoteles hay también ascensores non shabbat, también en aquel, pero llegaban solo al 4º piso. Nosotros estábamos en el 7º. No siendo judíos. Lo es en cambio el rabino que encuentro dentro. Lo conozco ya. Lo detesto. Con tu sombrero negro y tu barba descuidada, no puedes permitirte hacer un improcedente cumplido a una mujer delante de su hombre. Y creerte gracioso. No te he encontrado gracioso, rabino. Y ahora te lo demuestro. A pesar de la fiebre. Y aunque seas de Praga. Aunque nos hubieras invitado a escuchar los cantos preliminares en el banquete de la noche de Fin de Año. Total, sé que si yo no hubiese estado habrías estado más contento; pero estaba. Y si no hubiera estado habría dado lo mismo.
Porque uno, hasta donde puede, las mujeres las elige.
Rabino de Praga pagado de sí mismo. Quizá estaba ya borracho, la noche anterior. Los árabes son los más pringados. Encima de perderse también la salchicha de Monte San Biagio o genéricamente el culatello, el jamón serrano, o el pâté de tête de porc, encima, no pueden o podrían disfrutar de un Brunello de Montalcino, de una stout irlandesa o de una šljivovica artesanal. Cosas todas, estas segundas, que el barbudo rabino debía de conocer adecuadamente pero que no justificaban su engolamiento y su vulgaridad.¡Baja, idiota! Y no en sentido dostoievskiano.

Bajó.
Me pregunté cuántas Jerusalén habría visto. Pensé: menos que yo. Él había visto seguro la Jerusalén vieja y la nueva, o más bien el antiguo emplazamiento árabe rodeado por las murallas y el nuevo, la espaciosa extensión judía, dos ciudades realmente poco comunicadas. Seguramente sabía de y tal vez había intentado comprender aquella virtual, es decir, aquella realidad de sentimientos que es la Jerusalén de los cristianos, desatendida por las oficinas del turismo israelí pero prepotentemente viva. Emocionante: a nosotros hasta nos había conmovido. Es probable que el vulgar rabino de Praga no hubiese en modo alguno querido considerar la ciudad árabe, a cuya parte dramática yo me había empujado.

La ciudad de la unión ha sido reducida a ciudad de las divisiones. Es un lugar que divide, hoy, Jerusalén. La Basílica del Santo Sepulcro; también ella dividida. Y en el nombre y en el lugar de la muerte y resurrección del Hijo del Hombre los hermanos cristianos se pelean y se golpean. Un emblema ajeno. Icono de las tantas Jerusalén dentro de una sola.

Y nos faltaba a todos una. Otra. Ya no visible. No árabe sino de los árabes. Palestina. Oculta. Lo comprendimos al extraviarnos en el camino a Jericó.

De repente se nos plantó delante. Mudo.
Nos aniquiló con su ausencia de sentimientos. Sucio.
Permanecimos desorientados por el dolor de aquel largo muro. Gríseo.

 

 



[1] Rosh haShaná es el día de juicio para toda la humanidad. En este día, el hombre es juzgado por todas sus acciones, y todo lo que ocurrirá durante el año siguiente es registrado. El Talmud (Rosh haShaná 8a) deriva de este verso (Devarim 11:12) que indica: Los ojos de D-os, vuestro Señor, están sobre ella [la tierra] desde el inicio del año hasta el final del año - es decir, desde Rosh haShaná, el mundo es juzgado sobre lo que ocurrirà durante todo el año.

Se abren tres libros mayores en Rosh haShaná: uno para aquellos que son totalmente malos, uno para aquellos que son totalmente justos y uno para los que están en medio. Los que son totalmente justos son inscritos y sellados de inmediato para vivir. Los totalmente malos son de inmediato inscritos y sellados para morir. El destino de los que están en el medio se encuentra en la balanza entre Rosh haShaná y Yom Kipur. Si tienen mérito [es decir, si se arrepienten), son inscritos para vivir. Si no tienen mérito [es decir, si no se arrepienten), son inscritos para morir (Rosh haShaná 16a,b). http://www.es.chabad.org/library/article_cdo/aid/5077/jewish/El-Dia-del-Juicio.htm

 

Praga

01.08.2015 10:40

O Fortuna,
velut luna

statu variabilis,…

Mein Gott, das ist...

…semper crescis
aut decrescis;...[1]

Estas son... Sí, son las inconfundibles notas del Carmina Burana de Carl Orff, las siempre confusas voces de los cantos goliardescos medievales musicadas en los años 30 por el gran Orff, las que resuenan mágicas en la mágica Staromĕstské Námĕstí. No es posible. Venir a la ciudad etiquetada por el turismo como mágica, atemperar las sugestiones en la contaminada periferia, enfadarse en la estación pululante de malvivientes, y después banalmente, justo en el corazón destinado a la seducción, dejarse subyugar así de repente.

…In Fortune solio
sederam elatus,

prosperitatis vario
flore coronatus;
quicquid enim florui
felix et beatus,
nunc a summo corrui

gloria privatus…[2]

No se puede pasear por las calles del Hrad, el Castillo, creyendo que en aquellos talleres lustrados y acicalados para los turistas, realmente los alquimistas inventaran el oro. No se puede. No, mí mismo tangente, no se puede. Por debajo, los tranvías dobles cargados de viajeros que chirrían por las vías curvilíneas, devuelven a la realidad empírica. ¿Penetrar la fotografía del viejo cementerio judío e imaginar, entre aquellas estelas despiezadas y apiñadas, que el ahijado inesperado de Rabbi Löw, el Golem, os ronde todavía? Allí cerca, memorias caligráficas, los nombres de los 72.000 hijos de Judá deportados, pacientemente bordados en la yesería, reconducen a la crudeza de la historia y no a las leyendas.
El Doctor Fausto vivía en una casa cutre, también la tumba de Kafka es banal; no he puesto allí ninguna piedrecita, y lo único para recordar de aquel sitio es la kipá  (o como diablos se escriba), el casquete judío que a la entrada te obligan a ponerte. Fuera, a lo largo de la ancha calle que te lleva fuera de la ciudad, los autobuses te envenenan con sus escapes pestilentes y los Trabant se lanzan en cautas carreras entre un tumbo y otro.
Sí, el centro parece la escenografía de una fábula, pero ¿no será el decorado de un juego para niños, más que las bambalinas de un espectáculo tridimensional? Ya hay McDonalds, tiendas de deportes de varios pisos, algún potente automóvil alemán, los tranvías pintados con publicidad. Hordas de turismo de masas.
Pero está también Týnský chrám, la Iglesia de Nuestra Señora de Týn, con sus  torres de cuento, y bajo ellas ahora, esta tarde, resuenan las voces de los Carmina. ¡Así que algo debe haber!

...Floret silva nobilis
floribus et foliis.

            Ubi est antiquus
            meus amicus?
            Hinc equitavit,
            eia, quis me amabit?

Floret silva undique,
nah min gesellen ist mir we…
[3]

Pero no, mí mismo ya ido, ¿qué haces?, ¿justo ahora vuelves?
Esta música contemporánea brota de las capas ancestralmente más antiguas de nuestra cultura occidental. Proviene del corazón más profundo del pensamiento y del sentir europeo, y aquí, en el corazón quiescente de la Mitteleuropa, reaflora esta tarde para capturar, inesperada, un alma indecisa entre las entrañas y el cerebro, lista para huir de la fuerza centrípeta y recorrer vías tangentes centrífugas a la racionalidad.
No es para caer en la habitual equivocación, o sea, para usarla como acompañamiento o preámbulo a visiones apocalípticas. Aquí, por otra parte, días finales ya los ha habido: fin rápido de un régimen, descomposición de un sistema pero, con él, también de valores; mejor dicho, descubrimiento de que aquellos que se pensaba fuesen valores, existentes pero ahogados por el totalitarismo, en realidad no eran tales. He aquí el triunfo del consumismo, no menos totalitario aunque de manera subrepticia.
Duele ver los sport apparels americanos extenderse como mancha de aceite, a los chavales checos comprarse a 180 marcos -alemanes- zapatillas de goma fabricadas en Malasia o en Vietnam por chavales pagados con un bol de arroz (y ojalá fuese retórica); como dolía ver descollar a aquellas velocistas con barba y muslos de cuarto trasero de buey. Los Trabant still se tambalean, pero el negro de los Mercedes Super Clase se dibuja con increíble frecuencia sobre neumáticos de perfil rebajado.

…Chramer, gip die varwe mir,
die min wengel roete,
damit ich die jungen man
an ir dank der minnenliebe noete,
Seht mich an,
jungen man!
lat mich iu gevallen!…[4]

Y estoy ahora sentado como un turista cualquiera en la terraza del café-restaurante frente al monumento en honor a Jan Hus. Así pues, no he invenido piedra filosofal alguna; no he tenido visión alguna sino la de un pobre infeliz obligado -como en una tasca para turistas del Trastevere- a encarnar al buen soldado Švejk en una tasca para turistas en Na boÿšti.
¡El Castillo! El Castillo es solo un lugar donde cuantos más tiques pagas, más ves. Puedes sacar un abono como en Disneywold. La ventana del cuarto de las defenestraciones, antiguo deporte nacional repetido en épocas diferentes, no es en definitiva tan alta.
La Plaza de Wenceslao está sin santos; una avenida en pendiente enferma de vida errada: por desgracia, la única justa, la de Jan, del otro Jan, se quemó como una flor sin agua en el invernadero. Así ahora estoy sentado como un turista cualquiera en la terraza del café-restaurante frente al monumento en honor del protestante, y una pandilla de chiquillas y chiquillos americanos, evidentemente un coro juvenil fuera de casa, se ha sentado en los bajos escalones a los pies de Hus y ha atacado el encanto. Son perfectos, cantan con los ojos cerrados, transportados por las entonaciones y por el lugar que no ven pero que vuelven a soñar a tempo de música. He aquí Praga: una partitura incompleta pero precisa, que se eleva donde la esperabas que golpeara, disonante y sin embargo sublime. Esta es su magia.
Es su existir, es su estar apacible y gozosa, es su ser luminosa y secreta, gótica, renacentista, barroca, modernista; seductora y dejada, fétida y perfumada. Ser una ciudad alemana donde se ha decidido hablar una lengua extraña, pero espejearse de levante, al centro y al oriente de un mundo que la ha redescubierto hace poco, de espaldas a Alemania.
Y estos chicos, aun siendo americanos, deben haber tomado su magia de Praga y, en este atardecer de largo crepúsculo han sentido el impulso de celebrarla con las notas evocativas de Orff. Notas equivocadas, notas mal acompasadas, notas mágicas.
Pero algo hay, lo hay. Un dato que aún faltaba. Aquí se avanza a sugestiones  Se miran fachadas, piedras, oros y esmaltes auténticos como en un parque temático. Y en cambio esta es una ciudad, nacida para vivir. Y a Praga la vida le ha dado alegrías y dolores; lo habitual.
Toda la gente vociferante la interpreta en la alegría: ¡La habrá tenido! Yo he sentido enormes sus dolores: del pasado, certificados, y del presente, identificables entre las pausas de una riqueza demasiado veloz, exterior, no conquistada.
Pero existe un elemento que atempera el sufrimiento. Creo que antes también funcionaba. Cerveza: pivo. No tanto aquella excepcional oscura que se bebe u Flecku, en el gracioso jardín-cervecería floral, espléndido fruto de lectura episódica de guía sino los ríos de pilsen servidos con gozo en largas mesas de madera desgastadas por el uso, al lado de quien se tercie. Litros y litros de líquido rubio, diuresis excelsa del cuerpo y del alma.

…In taberna quando sumus
non curamus quid sit humus
sed ad ludum properamus,
cui semper insudamus.
Quid agatur in taberna
Ubi nummus est pincerna,
hoc est opus ut queratur,

si quid loquar, audiatur…[5]

Almas contentas y dramáticas tienen los praguenses. Fuertes, rigurosas: y rientes y melancólicas. Es tal vez precisamente la ironía la clave para leer aquellos pináculos de leyenda, aquellos colores de cómic. Después, como el pasaje del centro a la última periferia, se desvanece incomprendida: y queda el extraño valor de quemarse en protesta.
He aquí, dulce Praga, quien tendrá que amarte. No contra su voluntad. Persuasiva Praga. Escoje los colores, haz que tus mejillas no estén pintarrajeadas como una puta. Moderna Praga, no traiciones tu historia.
Praga, pràh, tu nombre es umbral: de magia, de libertad.

Fortuna, Imperatrix Mundi, crezca tu luna sobre esta Praga.

Pero estoy sentado ahora como un turista cualquiera en la terraza del café-restaurante frente al bronce al capostípite del loco valor bohemio. Mucho he pensado mucho, he comprendido poco.

Ceno
Jan Hus nos mira

desmemoriados
consumir el presente
restituido
a un pueblo
que en silencio
ha hecho votos
a eternidades trágicas
Escribo
Jan Hus nos mira
engreídos
apropiarnos de las lágrimas
evaporadas
a un pueblo
que con tenacidad
ha resistido
a peores locuras[6]

(No escuché la Cour d'amours, pero...

…Circa mea pectora
multa sunt suspiria

de tua pulchritudine,

que me ledunt misere…”)[7]


 

 



[1] ¡Oh, Fortuna,
como la luna,
de condición variable,
siempre creces o decreces!

[2] En el trono de la fortuna
me había sentado yo, elevado,
coronado con las variadas flores
de la prosperidad.
Y en verdad, tanto como florecí
feliz y contento,
después, desde lo más alto, caí,
privado de la gloria.

[3] Florece el magnífico bosque
con flores y hojas.

¿Donde está mi antiguo amante?
¡Ah! Se fue de aquí a caballo.
¡Ay! ¿Quién me amará?

Florece el bosque por todas partes,
y yo echo de menos a mi amor.

[4] Tendero, dame maquillaje
para sonrosar mis mejillas;
así yo podré obligar a los chicos,
quieran o no, a amarme.
¡Miradme,
muchachos!
¡Permitidme que os agrade!

[5] Cuando estamos en la taberna,
no nos preocupamos de qué sea eso de la tierra,
sino que nos apresuramos hacia el juego,
por el cual siempre sudamos
Lo que se hace en la taberna,
donde el dinero es el que trae las copas,
esto es lo que es necesario averiguar,
así que escuchad lo que os voy a decir.

[6] Recordad que el texto íntegro original de este poema y del relato, como de todos los demás, se encuentra en el sitio en italiano. (N.d.T.)

[7] De mi pecho
brotan muchos suspiros
a causa de tu belleza,
que me hieren miserablemente.

 

Cataluña

05.07.2015 10:59

Llegué en tren a la estación de Gerona cuando caía la tarde. Había proporcionado algunos vagos detalles sobre mi llegada a la ciudad: con qué tren, a qué hora, de qué día. Estaba listo para afrontar las incomodidades del viajero que debe encontrar a alguien pero no sabe dónde está. Así es, iba allí para encontrarme con un copain que se había establecido en un pueblo de la alta Cataluña siguiendo a su mujer. La había conocido casi gracias a mí, en Roma. Era una turista solitaria y él, con compañerismo, me dijo: “Venga, esta te va a ti”. A mí no me iba, así que repliqué: “No, Fulvio, más bien es para ti: es española”. Sabía de su propensión por cuanto oliese siquiera un poco a español y de lo bien que hablaba aquella lengua. Siguió un breve “¡Qué va, no es española!”, “Te digo que sí.”, “No.”, “Sí.”, tras lo que se convenció, casi por apuesta. Era española, hablaba estupendamente italiano (con lo que había comprendido nuestra estúpida conversación) y pocas semanas después se convirtió en su mujer. Volvió a su casa, pero poco después se reunió con ella y encontró trabajo. Ahora desde Francia, donde me hallaba, iba a encontrarme con ellos, respondiendo a la cálida invitación que me habían dirigido. Pero mi indeterminación...
Fulvio asomó apenas puse ambos pies en el andén, todo acalorado, medio afónico, con el pelo revuelto y los cristales de las gafas sudados, mientras se giraba gritando algo a una empleada de la estación. Llevaba horas allí, pero como había llegado apenas poco después que el tren que suponía yo había tomado, había movilizado a los reales ferrocarriles españoles: había hecho emitir un anuncio por megafonía, después, convencido de que yo no lo habría entendido en castellano, había conseguido permiso para repetirlo él mismo en italiano. Nada. Obvio: ¡yo había optado por otro horario! Él, no obstante, esperó.
Tanta solicitud me conmovió. Os pusimos de inmediato en marcha para La Bisbal d'Empordà,  la pequeña ciudad donde vivían, que lleva en el suyo el nombre que dio a toda la región la romana Empúries. Las ruinas de esta se hallan una treintena de kilómetros al norte, asomadas al maravilloso golfo de Roses. Mientras el cielo se oscurecía, atravesamos pequeñas urbanizaciones, terrenos en los que surgían chalets y restaurantes con párking, localidades aglomeradas junto a la carretera, una campiña desierta, y llegamos a La Bisbal, hallándola toda iluminada por las fiestas de la Virgen de Agosto. Por la calle, cientos y cientos de personas dando voces. Detenidos en un semáforo, con las ventanillas bajas, me vi inmerso en la discusión entre dos familias con carritos de bebé que se habían encontrado. Mi español, más exiguo si cabe que hoy, no me habría permitido de todos modos entender lo que decían; pero hombre, hacerme una idea...Nada de eso, lo que es por mí podrían haber hablado en arameo, bantú o barés, me habría dado igual. Bueno, barés no, es verdad. El barés tiene más chasquidos. Un demonio de dialecto. Conservaba algunos sonidos del español pero, escuchando con un poco de atención, pillaba diversas vocales “o” pronunciadas “u”. Pensé, con una pizca de malestar, que había ido a parar a una zona, ¿cómo decirlo?, pueblerina, provinciana: “burina”[1], que decimos nosotros. “Lo si vvistu?”: con esta cariñosa pregunta denominamos, en Roma, a todo jovencito de los pueblos limítrofes que hable un dialecto con raíces distintas (siendo Roma notoriamente una isla alóglota, a causa de los muchos forasteros, principalmente toscanos, allí establecidos siguiendo a los diversos Papas o conquistadores). Pues bien, me parecía estar rodeado de simpáticos “Lo si vvistu?”[2].
Llegamos a casa, Assumpció me hizo pocas fiestas, estaba ya preparando la cena: anunció un gazpacho. Me estremecí (no aguanto el tomate crudo, ya solo el olor me da náuseas). Por suerte, se trataba de una variante de la especialidad andaluza y, más que una bebida a base de tomate se trataba de un puré de verduras. Estaba bueno. Aunque ya era tarde, hubo salida tras la cena. Una vuelta entre estos paisanos alegres. Era raro. Cuando Fulvio y Assumpció hablaban entre ellos, entendía bastante, a pesar de que él fuese muy desenvuelto en el uso de la lengua. Las personas que encontraba y que charlaban entre ellas me daban de nuevo la impresión de hablar swahili. ¡Buah! De tanto en tanto encontrábamos a algún conocido y me incluían en los saludos que se dirigían. Los devolvía con forzadas sonrisas y algún ademán con la cabeza. En los días siguientes fui llevado, por Fulvio o por Assumpció, en los ratitos de cada uno, o por ambos juntos, a visitar esa esquina nororiental de España. Me llevaron a conocer uno de sus mayores encantos, la Costa Brava, con muy buen criterio, fuera de las rutas turísticas. Ya no recuerdo los nombres, mirando un mapa puedo aventurar un Llafranch o una Calella de Palafrugell. Me condujeron a una pequeña cala entre dos espolones de roca poblada de vegetación áspera pero vigorosa, unidos por una playita de arena gris donde formales bañistas disputaban el agua a algunas barcas y surfistas.
Aguantamos un poco, pero los ojos de Assumpció se ahogaban y anhelaban soledad. Nos reencontraríamos un poco más tarde.
Fuimos a una playa más ancha algún kilómetro al sur. Protegida por un abrupto acantilado, que solo los del lugar saben por dónde descender, con arena amarilla de grano grueso, intercalada a intervalos regulares de escollos que se precipitan desde la escarpadura, ligeramente vuelta hacia el oeste, lo suficiente aquel atardecer para dejarnos ver el sol rojo e imaginarlo sumergirse en el Atlántico. Estábamos de hecho al final del día, solos entre la tierra, alta allá arriba, y el mar, abierto a  mil colores ante nosotros; como olvidados entre lo cotidiano y lo eterno. El sol extendía lánguidas pinceladas, alguna gaviota volaba, el verano, que ya sentía acercarse el final, se disponía a descansar algunas horas. Una breve, meditada pausa del tiempo.
A punto estuvo de romperla Fulvio. Mientras saboreábamos aquel dulce anochecer, empezó de repente a agitarse como un obseso. Había visto un pulpo entre las rocas más bajas, semisumergidas, del escollo junto al cual estábamos. Tal vez aquella corta soledad le había despertado ya los instintos primigenios: por descontado se armó de un sobre blanco que no sé dónde guardaba, de algunos guijarros y dio inicio a la caza. Por suerte, no lo atrapó. El agua se había teñido de numerosas manchas negras cuando, superado por la impericia y la oscuridad, aceptó la derrota.
Como parlanchín lo era, se pasó el resto de la jornada explicando que no había errado la táctica. El sobre blanco servía para atraer la atención del animal, los quijarros bien para obligarlo a salir, bien para cargárselo. Lo soporté con feliz resignación, en vista de la victoria del pulpo.

Al día siguiente estuvimos liados acabando un traslado. La Bisbal d'Empordà era su residencia desde hacía pocos días: antes estaban en Caçà de la Selva, otra localidad distante una veintena de kilómetros, más al sur. Solo que Fulvio, romanticón incurable, para llevarme hasta allí recorrió una carretera más larga pero con mejores panorámicas, de modo que los kilómetros se convirtieron en cuarenta. Pasamos junto a prados quemados por el sol aunque protegidos por numerosas cortezas de corcho. Fulvio me explicó que la producción de corcho era uno de los principales recursos, que el corcho local se exportaba a todo el mundo, Italia incluida, gracias a la capacidad emprendedora de aquella gente. El paisaje ofrecía agradables escorzos, de belleza áspera y antigua. Sobre todo, se recorrían amplios tramos de carretera sin que el ojo se posase en construcción humana alguna. Esto en Italia a día de hoy es casi imposible. Advertía una discordancia entre esta constatación de escasa presencia de edificaciones y la organización productiva que Fulvio seguía exaltando. De vuelta en La Bisbal con un cargamento de trastos, al anochecer, todos al coche: se cena fuera. Más kilómetros al cuerpo, más vueltas y revueltas a derecha e izquierda, carreteras y carreterillas hasta que llegamos. En mitad del campo, bajo las pesantes estrellas de mitad de agosto, se había habilitado una masía como restaurante. Entramos. Me sorprendí: las mesas eran pocas y distanciadas entre sí. ¡Qué agradable! La sala estaba más bien desnuda, y sin embargo no habría podido decir que faltase algo. En realidad estaba perfectamente equilibrada. El mobiliario en un estilo rural de tiempos pasados, rico pero sobrio. Las mesas de madera combinaban con estupendos muebles antiguos, también estos en madera magnífica, lustrosa, cuidada: viva. Una madera que destilaba amor: de quien lo  había construido con paciencia y de quien lo había usado con respeto y conocimiento. Alguna porporcionada cerámica rompía acertadamente el color de la madera. Estos muebles parecían monumentos activos, que las paredes, teñidas de un azul sencillo ala vez que refinado, colocaban en una dimensión intemporal sin por ello privarlos del propio contexto. Bellas lámparas proporcionaban una luz humana, ni demasiado chillona ni de lamparilla de noche.
El dueño se apresuró a atendernos. También él hablaba aquel dialecto incomprensible. Habiéndose percatado de que yo no entendía ni jota, se esforzó en dirigirse a mí. Francia, evidentemente, me había ya permeado: pensó que yo era francés y dijo algunas palabras en aquella lengua. Feliz, me lancé enseguida a hablar, pero Assumpció me interrumpió: “Mira que te va a entender mejor si le hablas en italiano”.
“¡Ah!, bueno, o igual basta que él hable español, yo entendería.”
El dueño, al que le debí caer simpático, quiso saber que había dicho (señal, por otra parte, de que el italiano no debía entenderlo mucho) y lo preguntó con un veloz gesto de la barbilla. Assumpció tradujo.
“¿Español, señor? ¿Quiere que yo hable "español", señor?”[3]
“No, bueno, porque intiendo un poco español, yo...”, farfullé.
“¿Español...? ¿Castellano?”
“Eh, porque...”
“Yo, señor, hablo mi idioma: català.”[4]
Revelación.
¡Català!
No estaba “en España”: estaba en Cataluña. Que no se escribe Cataluña sino Catalunya, aunque se pronuncia del mismo modo. Así, cuando al día siguiente, después del atracón de cigalas de la cena, fuimos al algo donde Fulvio tenía que hacer un encargo, la población no era Bañolas sino Banyoles. Y Miró no se llamaba Juan (que se pronuncia algo parecido a un 'Cuan aspirado): su nombre era Joan y sonaba como algo parecido a Gioan. Cataluña, Comunidad Autónoma: capital, Barcelona; cuatro provincias, Girona, Lleida, Tarragona e Barcelona. Si eres del Barça odias al Madrid. Creo que los no catalanes de Barcelona son del Español, escrito así, a la castellana: casi aposta para indicar que se trata de un equipo español en tierra extranjera.
Total, en la breve conversación para pedir un plato aprendí por fin aquello que un vago pudor de los libros de texto edulcoraba (y que, antes, decenios de franquismo obligaban -en la patria- o intentaban -fuera- esconder): a saber, que España tendría más problemas que Italia, donde igualmente la cuestión meridional es una drama que, alimentado también por el hampa, ralentiza notablemente el crecimiento del país. España tiene a los catalanes (a los que se unen cuando les conviene los de la Comunidad Valenciana), en menor medida a los gallegos (que se sienten un poquito portugueses) y, sobre todo, los vascos. Y de la violenta irracionalidad de algunos de estos  no hace falta hablar.
Eso sí, los catalanes producen: producen como locos. Han hecho de la eficiencia y de la productividad los nuevos colores de su bandera, superpuestos a las franjas amarillas y rojas de su enseña 'nacional'. Es así, esto puede que les moleste un poco: que sus colores, aunque dispuestos distintamente, sean los mismos que los castellanos testimoniando un parentesco a pesar de todo bastante estrecho.
Pero tampoco son positivistas embebidos de retórica del Progreso. Respetan la naturaleza, por ejemplo. La industria del corcho es, en efecto, con permiso de los sardos, descollante, mas lo cierto es que la zona de alcornocales, que Fulvio me había llevado a conocer, parece un parque nacional. Por el centro de Gerona discurre el Ter, poco más que un torrente que desciende de los Pirineos: desde los puentes que lo cruzan vi nadar plácidamente carpas gigantescas. La Costa Brava ha hecho polvo a los hoteleros italianos durante años, pero ha sabido respetar la magia de todas sus calas (y me dicen que incluso Lloret de Mar, más al sur, aunque asfixiada por  las turbas, nunca ha alcanzado los niveles riminenses o simplemente ostienses).
Esta gente vive en el equilibrio. Es simpática pero no demasiado, vamos, que no hace de la simpatía una coartada; saca provecho pero disfruta; quiere proyectarse en el futuro pero sabe que ha de dirigirse a él con el propio pasado; tiene una capital entre las ciudades más dinámicas de estos tiempos pero se embelesa con un campiña contenta de sí misma.
Y en medio de esta campiña, besada por las estrellas en una noche de agosto, todo cuanto no entendía antes se había revelado por encanto, como gracias a un golpe de varita mágica, en un restaurante que me satisfacía estéticamente y, ya puestos, también éticamente.
Es obvio que Catalunya no es el País de los Sueños: pero cuántos restaurantes absurdos he visto en las campiñas italianas.

¡Solo con que dejasen de agitar la amenaza independentista y de reescribir los libros de historia; solo con que quisiesen admitir que su fortuna procede también de los inmigrantes; solo con que parasen de cometer los mismos errores que ellos han sufrido!

 



[1] Es muy interesante para el lector castellanohablante este vocablo del dialecto romano. Designa genéricamente a los habitantes de los alrededores de Roma, en particular, aunque non solo, a los de la franja al sur del Tíber y el Anieno, que se distinguen también por al habla, por ese ser el romanesco, como se dice poco después, un dialecto alóglota. Pero es la etimología la que abre las brechas de interés. Burino era originalmente el vendedor que, precisamente de entre aquello campesinos del entorno, bajaba a Roma transportando sus productos sobre aquel animal que en italiano se llama asino, pero que localmente era buro: he aquí cómo, si en el árbol frondoso de las lenguas románicas los diccionarios oficiales registran voces distantes entre sí, el dialecto las reconduce a la misma rama. Y no muy lejos se encuentra aquella construcción del cariñoso/despectivo (el sentido depende de la entonación) que, precisamente queriendo imitar el habla del campo, recupera la “z” medieval a despecho de la “c” toscana: burinozzo.

[2] Donde el italiano correcto sería, obviamente, “Lo hai visto?”.

[3] Diálogo en español en el original.

[4] En catalán en el original.

 

Ámsterdam

23.06.2015 06:47

Tenía unos veinte años cuando fui, dos en la moto, a Ámsterdam. Primer viaje al extranjero. Descubrí que sobre cerveza, en Italia, nunca habíamos entendido nada: y fue el principio de un largo amor. Descubrí también muchas otras cosas, también sobre mí, y más importantes que la cerveza. Me di cuenta de que un solo país era demasiado poco para mí.
Entendí que las bellezas de mi amada ciudad, si bien incomparables, no justificaban la degradación moral y ambiental en que se arrastraba. Y me resultaba difícil establecer cuál de las dos degradaciones generaba la otra.
Vi que el grado de civilización en aquellas naciones que atravesaba (Francia, Bélgica, Países Bajos, luego Alemania y Suiza) era más elevado que entre nosotros. Desde entonces recibí la etiqueta de xenófilo, de intención a menudo infamante. Pero yo considero que hace falta compararse con quien está más adelantado (con quien se considere que lo esté), no consolarse mirando a quien está peor. Vi las áreas de servicio de las autopistas francesas, la circunvalación de París y su Metro: solo un apunte, ¡yo venía de Roma!, Champs Elysées perfectamente limpia, los regueros de agua a los lados de las calles para llevarse la suciedad, las autopistas belgas, gratuitas y perfectamente iluminadas, la señalización comprensible; en el prado de un cámping a dos minutos del centro de la ciudad, conejos y ardillas a quienes nadie molestaba; los carriles-bici en Holanda, y tantas y tantas otras cosas...

El primer impacto en Holanda fue al anochecer. La parte flamenca de Bélgica no había concedido el tiempo de prepararse adecuadamente a la dificultad de comprensión de la lengua neerlandesa. Encontrar la carretera hacia el cámping señalado en la guía no era fácil. Por suerte, ya en aquel tiempo en Holanda (¡sic!, Ámsterdam está justamente en Holanda) el inglés estaba difundidísimo. ¡Lástima que yo lo hablase más bien mal! De todas formas, lograba desenvolverme. Estaba precisamente pidiendo información cuando una Fiat Ritmo gris que apareció por ahí se interesó también. Miré, había algo extraño. El volante estaba a la derecha. Ingleses, un hombre y una mujer. Preguntaron si efectivamente su cámping era el mismo. Lo era. Perfecto, juntos nos orientaríamos mejor. En marcha. Al poco rato, perdidos de nuevo.
Encontramos otro tipo al que preguntar. Les hice ver a los dos que iba a ser mejor que hablaran ellos, puesto que eran ingleses y, obviamente, dominaban la lengua. Me contestaron, sorprendidos, que no eran ingleses. Pánico.
“From Ireland.”
¡Irlandeses! Bien, no eran ingleses, no. El problema era que parecían no dominar la lengua de los invasores. Preguntábamos dónde estaba el tal cámping, el atento holandés de turno nos contestaba, yo creía entender en un sentido (p.ej. “atravesad el puente, después giráis a la derecha”) y aquellos tiraban adelante, atravesaban el puente y seguían recto. Y claro, como en inglés es fácil confundirse con la palabra right, que puede significar tanto 'derecha' como mil otras cosas, pensaba que era culpa mía. Pero ahí no se encontraba nada. Otra consulta, otras explicaciones, otro error. Finalmente me impuse y, mira por dónde, hallamos el cámping, enfrente del Estadio Olímpico.
¿Bien está lo que bien acaba?
La tarde siguiente propusieron salir juntos por la noche. Llevando 200 kilómetros de moto plantados en las nalgas, se aceptó de inmediato, con la perspectiva de los blandos asientos del Fiat (uno se conforma).
Vuelta turística por la periferia de Ámsterdam, después, la idea fulminante. Ir al Barrio Rojo, el de las prostitutas en los escaparates. Mi viejo párroco de entonces, el querido padre Franco, me lo había advertido guasón: a Ámsterdam se va por tres motivos; ¡diamantes, droga, sexo! (y pobre Rijksmuseum, añado yo ahora...). Era verdad. Así, excluidos los diamantes porque no tenía dinero, excluida la droga porque en toda una vida -primero por estúpido miedo de atreverme, después en conciencia- habré fumado aquellos 6 o 7 porros colectivos, quedaba efectivamente el sexo, sobre el que en aquella época tenía todavía las ideas confusas (sustancialmente no preveían la consideración de las expectativas de la otra mitad: y espero haber mejorado). Deseo de sumergirme en la pecaminosa y excitante atmósfera del Barrio Rojo lo había.
Llegamos allí porque al final de una peripecia increíble donde el conductor a la derecha preguntaba, preguntaba y no encontraba nada sino espléndidas calles desoladas, quién sabe cómo, recalamos en Leidsplein, habiendo ya abandonado el plan inicial. Allí, tras una esquina, descubrí un sex-shop. Nunca había visto uno, pero lo expuesto no dejaba lugar a dudas. Enrojeciendo por la emoción entré, preparándome para desenfundar el mejor inglés de que fuese capaz. Perdí la concentración porque al mostrador estaba uno de piel oscura aunque no demasiado. Pero ¿cómo?, ¿en Holanda no eran todos rubios? Está bien, de todas formas pregunté académicamente “Excuse me, can you tell me where is the Redlight District?”
“Redlight District?” vociferó el moluqueño (creo).
Verguenza. Rojo como un tomate, asentí. Y aquel me lo explicó, riendo con gusto. Pero de qué narices se reía, ¡tampoco es que él hiciera de perfumista! Volví adonde la compañía y anuncié triunfante que sabía dónde estaba el Bario Rojo. Allá fuimos a toda marcha.
Estaba en pleno centro, no lejos de la Centraal-Station. Allí estaban prácticamente todos los turistas presentes en la ciudad. Parejas de policías paseaban plácidamente entre la muchedumbre, familias y comitivas reían entre el apuro y la diversión, a excepción de algunos que adoptaban una mirada moralista: a estos los detesté de inmediato, vaya. Vete, pues. Digo yo: si has de pasear junto a un canal en Ámsterdam los puedes elegir a cientos. Si venís aquí, tú y tu mujer toda puesta, con el muestrario de joyas, y mostráis vuestros rostros severos, aquí donde está clarísimo qué mercancía se vende, es porque sois unos hipócritas pervertidos, dispuestos a iniquidades de todo tipo, es más, las habréis ya cometido. Tendréis a la muchacha filipina a la que daréis un sueldo de miseria en negro, la villa desmedida, evadiréis impuestos a todo tren, habréis robado a vuestros familiares la herencia, dejando morir a vuestro padre solo en una residencia -la más cara, eso sí-, el hijo que tenéis no sabrá quién es su verdadero padre, a otros dos los habréis abortado ilegalmente, tú, marido, poseerás a tu mujer con una botella; pero ¡oh Señor (ya, ya, el domingo a mediodía vais a misa del brazo ¡pero ahuyentáis al gitano que va pidiendo!), oh Señor, cómo puede ser esto, vaya asco, ah, no, nosotros no...! Vamos hombre, id a paseo junto al Herengracht, o mejor aún id a París, a los Campos Elíseos (pero no a otro sitio, ¡por Dios!).
Muchos de estos señores de bien eran italianos. Aunque no me percaté directamente sino gracias a los tipos que estaban delante de los locales de real fucking y trataban de convencer a la gente para que entrara a asistir a aquellos espectáculos (y ahora he de dar yo una vuelta de tuerca a mi moralismo y poner un signo de interrogación) de acoplamientos sobre un escenario. Tenían una habilidad extraordinaria: reconocían la nacionalidad del turista ya a diez-quince metros de distancia y se le dirigían en su lengua. Fue excepcional con nuestro grupo, donde a los irlandeses les hablaron en inglés y a nosotros, pocos pasos atrás, ¡en italiano! Paseamos primero junto al lado oeste del canal, luego junto al del este. Los famosos escaparates eran bastante decepcionantes. Se trataba en realidad de pequeños establecimientos, la mayoría semisótanos, con el vidrio enmarcado de madera que daba a la calle y al lado la pequeña puertecita que, bajando unos pocos escalones, daba acceso al cuartito. Las chicas estaban dentro, sucintamente vestidas, como era de imaginar, entregadas a las ocupaciones más extrañas. Una sonreía a los transeúntes, otra hacía crucigramas, otra hacía punto (¡sí!), otra hablaba con un amigo que había entrado. Ninguna provocaba. La mayoría eran feúchas; muchísimas no europeas, buena parte asiáticas.
Estábamos un poco decepcionados. Sorprendidos, vaya, por la atmósfera en absoluto pecaminosa, sino más bien de atracción turística, de parque temático gratuito.
Volviendo sobre nuestros pasos, hacia la zona de la estación, en un callejón lateral encontramos un porno shop. Entramos todos. El establecimiento no mantenía las promesas, las estanterías estaban llenas en su mayoría de cientos de “normales” revistas pornográficas. Nada que no hubiera ya visto, como cualquier chico. El irlandés, evidentemente, no. Se puso a ver una, después hojeó otra, luego otra, y otra, y otra. Las examinaba con calma, aislado de nuestra compañía y del mundo entero. Crucé la mirada con su mujer; estaba apurada, pero lo estábamos todos. Para rebajar la tensión hubo -en italiano- un chiste, cómo no, sobre lo que le esperaba aquella noche, a la pelirroja.
De repente salí del local, precipitándome de nuevo en el lento ir y venir del Barrio Rojo. Allí estaba yo, en mitad del callejón, haciendo de guardarraíl, cuando de improviso, de la nada, se materializaron dos gemas azules luminiscentes.
Tenía a veinte centímetros de mí el rostro de mujer más hermoso que me hubiese jamás emocionado. Como en un guión, el corazón empezó a latir aceleradamente. Sentí inflamarse las mejillas, me sentía observado pero no osaba volverme hacia la entrada del porno shop, donde imaginaba a la pelirroja irlandesa mirándome fijamente. Y además, tenía una magnífica imagen que admirar. Una dulzura rosada enmarcada en suaves rizos dorados, en el centro un delicado aperitivo para el hambre de amor, derecho y ligeramente respingón, que daba ganas de morderlo, y algo más abajo una abertura roja turgente que prometía cálidos contacto y de la que salió una voz aterciopelada con un fondo excitantemente ronco que me preguntó: Come with me?
“¿Vienes conmigo” “Sí, amor mío, claro que voy contigo”. Lo pensé nada más. Luego, el super-ego, vigilante censor, desde las nubes me recondujo a aquel callejón del Barrio Rojo, con la pelirroja irlandesa en la puerta del porno shop en cuyo interior su marido estaba adquiriendo cultura. Conseguí reflexionar, bajando las pulsaciones cardiacas, comprendiendo, o más bien intuyendo, que se trataba de una prostituta y: no, ciertas cosas no se hacen.
¡Se hacen, claro que sí! Decidí inmediatamente que volvería a buscarla. Ahora, hipócritamente, delante de los otros, nada de nada: pero al día siguiente volvería. Entretanto, el irlandés había satisfecho su hambre. Memoricé fotográficamente el sitio. Volvimos al coche y con él al cámping.
Aquella noche no dormí. Volvía a pensar extasiado en aquel rostro mágico que se me había mostrado como una aparición: profana, eso sí. ¿Era posible que fuese una puta?¿Tan dulce? Las que yo conocía, las que poblaban la zona de Caracalla o de Tor Quinto, en Roma, eran pobres fulanas vulgares, que ya entonces me suscitaban sobre todo una gran pena. Esta no. Era joven, hermosa, fascinante. Había valido la pena martirizarme el trasero durante 2000 kilómetros para venir a Ámsterdam, pensaba con mis veinte años.
Ámsterdam, Ámsterdam: me repetía el nombre como si no creyese haber llegado allí. A fin de cuentas, aquel era mi tímido sustituto del viaje de iniciación. ¿A qué? A una visión menos limitada.

La recorrería toda, Ámsterdam. Encontraría ex hippies italianos mendigando dos monedas delante de la estación para poderse comprar un poco de chocolate pakistaní, vería a la pareja de policías en plaza Dam controlar el reloj y, una vez constatado que el servicio había terminado, abrirse la camisa, ponerse la gorra como un ferroviario, sentarse en un bordillo y liarse un buen porro.
Me quedaría atónito de la calma con que los conductores arrancaban una vez verde el semáforo (no sin antes haber de nuevo comprobado que nadie viniese por la derecha ni por la izquierda); asombrado de ver a chicos negros regresar a casa sobre patines; eufórico acudiendo a una piscina pública, el Mirandabad, de excepcional belleza y eficiencia; maravillado y entusiasmado al encontrar las llaves de la moto, dejadas introducidas en el cuadro durante más de seis horas, en el kiosko de una vendedora de helados hasta el que guiaba una nota escrita en un forzado italiano dejada en la propia moto (que era nueva, flamante); divertido y animado por los conciertos extemporáneos, pero de bien buena calidad, que todas las noches animaban Leidsplein; sorprendido de que en los puntuales autobuses el conductor anunciase por megafonía la siguiente parada (y los italianos preguntando, en cuanto subíamos, cuántas paradas faltaban para el Estadio olímpico, sin perjuicio de no entender después en neerlandés “Olympisch Stadion”, y bajar en la siguiente...).
Comprendería, en definitiva, que existían estándares sociales y civiles distintos a aquellos a los que estaba acostumbrado. Esto hizo nacer en mí un malestar que me llevaría dentro para siempre: un malestar, no obstante y pese a todo, agradable, porque espolea a esforzarse en mejorar. Aunque se sufra igualmente.
Pero todo esto vino después.

La noche siguiente -el día había pasado inútil paréntesis de rutina- volví al Redlight District. Encontré fácilmente el lugar fatal. No estaba.
Vagué un poco entre la acostumbrada muchedumbre ambulante, las caras eran idénticas a las de la noche anterior, uniformadas por el lugar mercantil, sucio, turístico, prohibido solo por predefinición mental. Faltaba solo ella, mi visión. Cansado, di la vuelta a la manzana, evitando a los pesaos de la puerta del real fucking, y regresé a mi posición. Del otro lado del callejón respecto al sex shop, había una mujer flaca, joven desde luego y sin embargo como extrañamente vieja. Parecía temblar levemente y no estaba totalmente estable sobre las piernas. Fumaba con rapidez, el cigarrillo tenía una brasa viva y larga. A cada poco intercambiaba alguna palabra con un transeúnte, uno chocó con ella. El empujón hizo alzar su brazo y (entre tanto yo me había acercado más) reveló en él venas destrozadas. Observé entonces el otro brazo mientras lo levantaba para llevárselo a la boca: mostró también este la misma derrota. “Aquí la tienes, una drogata: así pues, Ámsterdam no es solo hachís”, pensé.
Uno de los empleados del sex shop se había asomado a la puerta del local. Temí -vete a saber por qué, en semejante ambiente- que pudiera reconocerme de la tarde anterior. En cambio llamó a la mujer. Se volvió. ¡Era ella!

El rostro era angelical. Tendría mi edad o poco más. Dios mío, qué bella era. Bella, bella, bella. De cara. El cuerpo estaba torturado por la droga. Los huesos se le marcaban sobre los vaqueros desgastados, se sobresaltaba mientras avanzaba arrastrando las piernas. Esta icono engastado sobre un soporte inestable estaba a punto de pasar junto a mí. De repente, sus ojos arponearon mi persona, cribándola con avidez para ver que podía sacar de ella, qué llave podía usar para que yo le reportase algún dinero. En una fracción de segundo examinó diversas posibilidades, desde el pedirme alguna moneda al venderme su cuerpo.
Cuerpo que solo poco tiempo antes debía ser semejante, en hermosura, al rostro maravilloso que en cualquier caso lo embellecía: y si aparecía maravilloso ahora, es de imaginar cuando ella aún no se había dejado devorar. Me escrutó a fondo: a mí me dio un vuelco el estómago. Ver tanta belleza degradada hasta la repugnancia me hizo sentir mal.
Y aún así, en aquello ojos todavía había una luz, pero era como el sol que vi tras las nubes en Afsluitdijk: frío en pleno agosto. Toda ella era como aquel ancho dique, cesura entre el mar abierto y el más bajo estanque cerrado en vías de desecación. Fue quizás en aquel instante de derrumbe cuando por primara vez olfateé la peste a vómito de Leidsplein.
Ámsterdam, Ámsterdam. Repetía el nombre mientras escapaba hacia el cámping. Empezaba a no ver ya las cosas desde visiones limitadas.

 

“Dans le port d’Amsterdam
Y a des marins qui chantent
Les rêves qui les hantent
Au large d’Amsterdam
...

Dans le port d'Amsterdam
Y a des marins qui boivent
Et qui boivent et reboivent
Et qui reboivent encore
Ils boivent à la santé
Des putains d'Amsterdam
De Hambourg ou d'ailleurs
Enfin ils boivent aux dames
Qui leur donnent leur joli corps
Qui leur donnent leur vertu
Pour une pièce en or
Et quand ils ont bien bu
Se plantent le nez au ciel
Se mouchent dans les étoiles
Et ils pissent comme je pleure
Sur les femmes infidèles
Dans le port d’Amsterdam
Dans le port d’Amsterdam”

[Jacques Brel, “Amsterdam”, 1964]

Mar Muerto

09.06.2015 06:24

Este es el recuerdo de lo no visto. No hecho, no visitado, no vivido.

Como si la sal, punto clave y a la vez reflexión difusa del paisaje, fuese a la vez la vida arrebatada y solidificada por el espejo inmenso y perfecto de aquel agua inmota. Lot se había establecido aquí abajo. ¿Qué granos serán su mujer?
Y si ahora pienso en ello, ¿es esto como un volverse hacia atrás? Quizás sí, por eso los recuerdos son estatuas inexpresivas.
No habla En Gedi, cerrada, precluida, escondida en sus gargantas floridas, y tampoco se muestra Massada, alta allá arriba, quién sabe dónde, quién sabe cuándo. Qumran engaña refractando espejismos de un sí que sí no es.
Poderoso como es, este espejo se mata incluso a sí mismo. Porque no es posible que sean los hombres quienes lo sequen, quienes extraigan sangre vital de la arteria que discurre para nutrirlo. No los ángeles que salvaron a Lot. Si acaso demonios.

¿Son estas hordas de rusos escuadras infernales? Por cómo vulgarizan el misticismo del espejo, uno diría que sí. Roban la sal: la arrancan y la meten dentro de bolsas de la compra de plástico. No arden sus pálidas pieles porque en la depresión se forma un estrato de gas que hace de barrera a los rayos del sol. No hablan sino su lengua, los carteles de las tiendas exhiben caracteres cirílicos y el personal está compuesto por rusos, judíos rusos, creo.
El calor es elevado y sequísimo. Una pequeña ciudad de nada ha sido alzada sobre las orillas del Mar Muerto, compuesta solo de hoteles y desolados centros comerciales: ¡al menos que estuvieran animados!
Todo está muerto en las orillas del Mar Muerto. Muerto él, muertos los rusos, muertos por el dinero repentino, muerta la inteligencia, incluso aquella de la especulación sobre las rentas. Muerta la alegría, salvo raras excepciones, afortunadamente incurables. No hay alegría entre enfermos de psoriasis, matronas en busca de la juventud, trabajadores palestinos fingiendo integración. Es un turismo sanitario que como mucho sonríe, pero a reír no llega. No, el embadurnarse el cuerpo de barro negro no hace reír, ni leer el periódico sentado en el agua, ni la absurda presencia de un surf anclado al lado de una superficie sobre la que la alta presencia de sal no dejará jamás nacer una ola. Ni siquiera si de nuevo el Señor hiciese llover el azufre y el fuego del Génesis[1] o las piedras de arcilla endurecida de la Sura de Hud[2].
Ni siquiera si Biblia y Corán admitiesen el parentesco. Ni siquiera si los unos y los otros sobre las riberas de Jordán se reconociesen hijos de Abraham o Ibrahim, como se quiera. Aquí, frente a tanto espejo, no se ríe.
A veces ni siquiera se sonríe. Como delante de un buffet de desayuno estilo inglés sin cerdo. Porque a pesar de ser una situación cómica, se la vive con tristeza. La mojama de atún, o del pescado que sea, es triste. Es la señal de un pueblo que parece condenado a la tristeza, a pesar de las discotecas y las playas de Tel Aviv. Le falta una familia, ha vuelto a una casa que, pese a las convicciones, ya no era suya. Le faltan los hermanos. O hermanastros, irían bien igualmente. Puede que incluso mejor, cuando los hermanos tienen dientes de tiburón y rostros de rapaz.

No recuerdo haber hecho, ni haber visto, no haber vivido. He cumplido, he mirado, he dejado que el tiempo transcurriese, apretado en el valle que en un tiempo mítico era fértil llanura. Antes del castigo divino.
Me he dejado vivir. Como si me hubiesen constreñido ante una pantalla a ver la imitación de un lugar turístico. Figuras blanquecinas atravesaban en varias direcciones el campo, pero la toma era parecida a aquellas fijas y de baja calidad de las cámaras de vigilancia, ni la menor empatía con aquellos personajes me resultaba posible. La escenografía nunca mutante, cambiaban solo las tonalidades de saturación y a veces la luminosidad y contraste. Sombras y medias tintas se abatían periódicamente sobre el celeste y sobre el azul. Tan solo, por feliz suerte, un virus producía flujos que buscaban y atraían mi atención.

No había sido así al llegar, antes de percatarme de qué era aquella representación. ¡Siempre el problema del conocimiento, preguntas originales de estas tierras! No conoces y te encandilas con Qumrán, te imaginas Massada, te relatas En Gedi. Después permaneces atónito en una hora que precede al anochecer cuando las cadenas de montes van variando del rosa al magenta, del cian al turquesa y se duplican perfectamente en la simetría refleja del espejo. Que da a entender clarores felices. Miente. Pero mientras, esa imagen casi artificial te hechiza. Aunque un poco te aterra, mostrando la pequeñez humana frente a la omnipotencia. Y sin embargo te seduce, te hace creer, esperar, ilusionarte de que la inmóvil extensión muerta no esté, y que tal vez sea tu ego sin límites quien le reavive verde vida.
Tú crees, tú esperas, te ilusionas.
No es así.

Muerto, muerto está este puto mar. ¿Cómo se me ha podido ocurrir que pudiese revivir? Una vez sumergida, la verde llanura no vive más. Muerta, muerta como este puto lago. Este Mar Muerto está muerto, y de tan muerto mata al amor. Esto es. Quizá está demasiado abajo. Como el Infierno. Es un lugar sin amor, este puto amor de mierda.

¿Por qué lo sentía yo solo? El hedor bituminoso que saturaba el aire lo notaba por todas partes, me colmaba la nariz y el cerebro. No era fuerte, en realidad; de lo contrario todos habrían salido corriendo. Y en cambio, permanecían a la orilla del Asfáltide. Yo me sentía tambalear en aquella atmósfera de depresión infiltrada por las exhalaciones.
Todo era postizo. Parece que en un tiempo hubo unas isletas en este lago de Sodoma, en las que vegetaban árboles parecidos a perales salvajes que daban fruto. O, según Paracelso, eran terebintos sobre los que la picadura de un insecto producía estos pomos que exhalaban un olor insoportable. Pomos con el exterior amarillo y un interior blanco que en invierno se volvía como ceniza. Fruta que adoptó como símbolo de la alegría que se desmenuza apenas se la toca. Y hay quien ha pensado que sean las que la vuelven como ceniza.

Dell'Asfaltide in seno
nasce frutto gentile,
che sotto manto d'or chiude il veleno,
e mentre in verdi fronde
fa pompa d'un tesor, la polve asconde:
tal è il piacer
del nudo arcier
di Venere,
sembra vago al veder, m'al tocco è cenere.
[3]

Pues bien, así de falso era todo, como los pomos de Asfáltide. En este lugar no me sentía en casa. No me ocurre casi nunca. Me he sentido en casa blanco en el África negra, o en un tren en Australia. Atravesando puentes con tablas de madera a modo de raíles para las ruedas en el Pantanal o por las calles cosmopolitas pero escandinavas de Malmö. Aquí no. Quería escapar. Como Lot. Mas para evitar nuevas mujeriles estatuas de sal me quedé.
Por otra parte, no tuve ángeles. ¿Y quiénes podían serlo? Ni entre aquellos rusos vulgares, ni entre aquello judíos olim, ni entre aquellos palestinos sedientos habría encontrado alas. Menos aún entre las matronas de incógnito que anhelaban retornar a Europa con la piel renacida, sin perjuicio de practicar alguna nueva, provisional, abusiva imitación de aliyah a las próximas señales sobre el rostro. Pero con el cerebro inmovilizado y el corazón agostado. Pomos de Asfáltide también ellas.
Me quedé, pues. Respirando la ceniza mortal de todos los pomos que se exfoliaban al primer toque de la verdad. La verdad: ¡qué extraño que esta resistiese en aquella landa falsa! ¿O era mi presunción reflejada por la imagen narcisista restituida por el espejo del agua?
Quemado por este dilema,
no vi,
no hice,
no visité,
apenas viví.

 

 

[1] Génesis, 19, 24.

[2] Sura de Hud, 82.

[3] “Il Tito”, acto II, escena IX. Melodrama: texto de Nicolò Berengan, música de Antonio Cesti. Primera representación: 13 febrero 1666, Venecia.
De acuerdo con el autor del relato, se facilita a continuación una versión, traducida de forma que se mantiene el ritmo métrico del texto de Berengan según la música de Cesti, a fin de intentar conservar el efecto original. El italiano de entonces, por otra parte, resulta más semejante al castellano que el actual, lo que permitirá al lector comprender también la traducción literal, en el fondo no tan distinta de la propuesta. Lamentablemente no es posible suministrar la partitura ni grabaciones del aria en cuestión. Sí es, en cambio, posible consultar el libreto íntegro, leer (en italiano) una breve presentación de la ópera e incluso escuchar la escena XVIII del segundo acto (indicada erróneamente en el vídeo) y la escena VIII del tercer acto, que abren una bella perspectiva sobre música y canto italianos en el siglo XVII.

De Asfáltide en el seno
nace fruto gentil,
de oro el manto repleto de veneno,
y así que en verdes frondas
pompa hace de un tesoro, el polvo esconde:
tal el recreo
del nudo arquero
de Venus,
lindo a la vista es, ceniza al tiento.

Lisboa

13.05.2015 14:37
Conservo imágenes de emociones particularmente intensas:
-la luz tras la lluvia sobre las piedras de Stonehenge;
-Mahattan desde la orilla izquierda del Hudson en un anochecer de verano, con las luces ya encendidas sobre el cielo aún no oscuro adornado de luna;
-el reflejo perfecto de las montañas en el residual espejo del Mar Muerto;
-una puesta de sol desde Santa Mónica hacia Malibú;
-el jet d'eau en ginebra, inesperado, que alivió la añoranza de una última tarde;
-una cueva rupestre, o tumba, en las paredes de la garganta del Tesoro, en Petra, con miles de tonalidades en las estratificaciones de la roca;
-el manto verde brillante sobre las salpicadas montañas de Moorea, que va a bañarse e el absoluto azul de la laguna;
-todas las gradaciones del violáceo sobre Kata Tjuta, surgiendo casi morganiana al alba tras Uluru;
-la primera vez que vi los Alpes en invierno desde el avión;
-la luna llena sobre la bahía de Morrumbene, desde bajo los cocoteros de Môngué;
(Y un viraje con el Coliseo al fondo del ala y San Pedro iluminado en la ventanilla, y Jolie a remojo en el Loir bajo la fábula de Chenonceau, y aquella iglesia que razonablemente debería ser Saint-Pierre de Montrouge pero que en el recuerdo es mucho más gótica, y la vista panorámica desde el Mont Saint-Clair, y la piazza Unità en Trieste, y el Duomo de Monreal...)
...y En-Vau reflejada en los ojos de una mujer. La mía.

Pues bien.

Aterrizando de nuevo en Lisboa, volviendo a ver sus puentes, sus tejados, sus casitas suavemente coloreadas, noté un sentimiento de dulzura. Como de vuelta a casa. Un sabor en la boca de cosas domésticas. Un poco como cuando durante un viaje experimentas gustos distintos. Desde aquellos estándar de las cadenas de comida a las particularidades de los rincones del mundo. Después vuelves a tu lugar. El aire te trae otra vez el sabor de los caramelos del colmado. El cruasán del domingo por la mañana. Hasta tu personalísima mezcla del café con leche de casa. Con la galletas, siempre esas.
¿Eran tal vez los pastéis de Belem? ¿Era suya la culpa; mejor dicho, el mérito?
¿Y por qué en la tierra de Saramago mis pensamientos se descubrían en frases cortas? Cómo me habría gustado saber y poder discutir con él. Sin miedo a la confrontación. Y no sobre la longitud de las frases.
Pero ¿qué Lisboa amo yo, cuál es mía? No la de la Baixa, demasiado complacida en su costra, la Alfama me sabe demasiado a patraña, a falso no-turístico, el Barrio Alto solo en pequeños escorzos, Belém es demasiado estrecha. La periferia más próxima no sabe a nada, la más reciente es innecesariamente pastel, la zona de Expositioes parece un juego desierto. ¿Qué Lisboa, pues?
La Avenida da Liberdade es demasiado larga, bonitas tiendas las hay pero a-quién-le-importa, sabe a muerte. El Centro Comercial das Amoreiras es no poco deprimente y ni una morera da sombra a la zona que lleva su nombre. El Parque Eduardo VII es realmente empalagoso. El monumento a los navegantes, déjalo estar; anda que si esto es de algún modo el símbolo de la ciudad...Pero esta es precisamente la señal del amor. No se ama a una persona porque tiene un buen trasero. Puede atraernos pero no suscita en nosotros un sentido de eternidad. No se la ama por los ojos que tiene sino por lo que estos nos comunican. No por las palabras que dice sino porque nos las dice a nosotros y dice esas. Y Lisboa me ha dicho muchas palabras. Las llevo aún grabadas en el ánimo, más abierto después de ella. Está también la Torre de Belém y otras cosas.
Pero sobre todo, está el Mosteiro dos Jerónimos.
Un estado del ánimo. Y tal vez también del alma.
El exterior es armonioso en su estilo manuelino, si bien la parte de la iglesia da un poco sensación de confusión, de exuberancia. Parece también un tanto apartado del tejido urbano. Averiguaré si por haber nacido fuera de la ciudad o por un sucesivo aislamiento de los monumentos típico de las dictaduras. Pero da igual. Dentro, la iglesia de Santa María de Belém es de un gótico enamorado de sus esteticismos pero quizás no olvidado de sus valores. La estética aún no rasga su cordón con la ética. Aún así, se ve pesada a pesar de las intervenciones renacentistas, con demasiadas tumbas. Opresiva, no del todo, pero opresiva, como una mujer que te habla demasiado de demasiados detalles.
Brava la mía que en Lisboa vivió y demasiado no habló.
Así pues, nada de destacable en la iglesia. La atmósfera la habría definido como “napolitana”. Tal vez tiene razón, sí, la verdad es que la tiene, Philippe Daverio cuando dice que el gótico es un barroco. Aquí, desde luego. Las cosas gravitando sobre la cabeza, las tumbas trágicas, los mil estros. La piedra me recordaba más a Palermo que a Nápoles, la verdad. Por otra parte, todo Lisboa me hacía rebotar entre comparaciones con las dos capitales del sur de Italia. Actitud estúpida, esta de referirlo todo a lo ya visto, pero a la que es difícil sustraerse. Y además, sobre todo, Lisboa es latina, vale, pero tiene enfrente el Océano. Ahí es nada, la diferencia. ¡Basta mirarlo, el Océano! De modo que los portugueses son latinos no mediterráneos, sino oceánicos. Nosotros somos del Sur. Ellos del Sudoeste. Así pues, ¿quién mejor que ellos, ya del mar remanente, podía meterse en cascarones de madera y desafiar en loco vuelo la nostalgia de una tierra batida por poderosos vientos? Es más, el monasterio se alzó precisamente donde Vasco de Gama y su tripulación, antes de zarpar, rezaron: rezarían al Dios católico, cierto, pero quizás también, secretamente, al dios Océano, para que en su inmenso poder los tolerase. Del conocimiento alcanzado, han recabado los lusitanos aquella mirada que anhela el confín del horizonte.
Se estancaba en cambio la mía dentro de aquel templo recargado. La sutil perfidia de la decepción comenzaba a borbotear en la boca del estómago. Pedí saltarme la clausura, lo obtuve y casi que ya ni habría querido traspasar la puerta del claustro. El umbral de Stendhal.
Entré, no recuerdo cómo. Todo lo que es antes no pertenece al después. Verdad de perogrullo, pero solo cierta si el después tiene la suficiente fuerza para separarse del antes. El claustro del monasterio de los jerónimos la tiene: mucha. Cualquier impresión de antes quedó anulada desde el ingreso en el claustro; y el después fue amor. Aquella imagen que dejaba sin respiración fue un beso como el que se da a una mujer deseada y de ella se recibe.
Perfecta la mía que supo besarme con aquel beso en Lisboa.

Y perfección aturdidora fue pues el claustro del monasterio. Inesperada. Sobria y rica. Completa. Pensamientos cortos más aún que las frases.
Me sentí envuelto por la belleza. La sensación, o mejor, el sentimiento que experimenté fue el de querer formar parte. Me habría compenetrado con aquella piedra, habría dejado labrar mi piel con aquellos motivos decorativos, hasta me habría bastado formar parte de aquella hierba verde a gajos en el centro.
Me había quedado parado, inmóvil, con la boca abierta pero sin palabras. La mirada fija: y aún así lograba comprender en una visión única toda la emoción. Incapaz de un pensamiento mínimo, percibía en cambio uno máximo si bien no conseguía focalizarlo: por otra parte, la mente estaba atascada. Invadida por aquel amor arquitectónico, estorbada por la cantidad de información que quería almacenar, casi reseteada por la sorpresa, por el supremo placer del descubrimiento.
Todo mi cuerpo estaba bloqueado, víctima de una apoplejía de la razón. No se puede analizar todo, mucho escapa cotidianamente, es poca cosa, mas luego todo junto provoca un derrumbe que arrolla al hombre cartesiano. Y luego está la grandiosa realidad del sentimiento, que es siempre irracional. Sucede, a veces, que se concretiza en un edificio o en un cuerpo, o bien en la visión de aquel edificio o de aquel cuerpo, o bien en la imagen que de aquel edificio o de aquel cuerpo se proyecta en nosotros, o bien en la historia que aquel edificio o que aquel cuerpo nos cuenta mientras lo admiramos, revelación imprevista. Boquiabiertos y los ojos de par en par.
Así aquella primera tarde en Belém yo.
Era algo que ya había sentido aunque no por un conjunto de piedras y cultura y pasión y arte y armonía y unidad continuada en el tiempo. Era como aquella vez...
Como cuando ves por vez primera a una mujer y todo tú siente amarla desde siempre.
Puntual la mía que se perdió en mi extravío en Lisboa.

Por fin, entré: de inmediato en el hortus claustrus besando el sol que daba luz a la piedra, permitiendo la agnición. Reconocía de hecho en aquella sublime estética a Lisboa, desvelada en mí y junto a mí. Y allá voy bajo el pórtico, en busca de la tumba de Fernando Pessoa. Tres heterónimos completos, tres incisiones sobre la estela.

“No basta abrir la ventana
para ver los campos y el río.
No es suficiente no ser ciego
para ver los árboles y las flores.”

20.4.1919            Alberto Caeiro

Pero han omitido el verso siguiente. Habríamos podido tener una agarrada (¡cuánto me habria gustado tenerla con Pessoa!)

“También es necesario no tener ninguna filosofía.”

Y todos los demás.

“Con filosofía no hay árboles: sólo hay ideas.
Hay sólo cada uno de nosotros, como un sótano.
Hay sólo una ventana cerrada, y todo el mundo afuera;
y un sueño de lo que se podría ver si la ventana se abriese,
que nunca es lo que se ve cuando se abre la ventana.”
[1]

Listo para tener un altercado con Alberto Caeiro antes incluso de haber entendido nada sobre esa ventana que había abierto, (¿o me había sido abierta?) en el Mosteiro dos Jerónimos, en Lisboa. Pero también para aprender. ¿Dónde está la realidad? ¿Luchar contra un amor para tener el amor es realidad? Mas yo no “soy” y basta, pienso: luego yerro. Y vago por ciudades verdaderas y hasta que una ventana se me abre – o alguno sabe abrírmela- en un día triunfal, mi día triunfal de la cultura portuguesa a mí revelada.
Giro de noventa grados:

Para ser grande, sé entero: nada
Tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
En lo mínimo que hagas,
Por eso la luna brilla toda
En cada lago, porque alta vive.
[2]

14.2.1933                Ricardo Reis

Esto es, habría querido un Saramago también yo para discutir con el fantasma del ortónimo: y que tal nuevo Saramago me hubiese hecho disertar también con el fantasma de Saramago. También habría podido ser una mesa en la terraza de A Brasileira. Para escuchar hablar de poesía y no de poetas. De Vida y no de vidas.
Otro cuarto de giro:

No: no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada.

¡No me vengan con conclusiones!
La única conclusión es morir.
[3]

1923                      Álvaro de Campos

Y de nuevo larga omisión. Aquí entró en mí la rebelión. ¡Álvaro no era nihilista! Bueno, no aquí. Por lo demás aún no sabía. En su certeza de que la única conclusión es la muerte, él no niega sentido a la vida ni a la realidad de Alberto. En el alejar de sí conceptos filosóficos, proclama la filosofía de Fernando, la filosofía en torno a Fernando. Porque aquellos eran conceptos de otros. Álvaro, y con él Fernando, solo pide ser dejado en paz, poder vivir a su manera poco aceptada por el conformismo del tiempo; es más, poco afín a la conformación del Tiempo que solo es largo. Él, ellos solo querían el espacio, el cielo que como la luna de Ricardo se mirase en el agua. Solo el cielo es “...eterna verdad vacía y perfecta!”. No, no considero que ninguna eterna verdad (vacía de voces terrenales y por ello perfecta) se emparente con ningún nihilismo.
Yo pensaba que el agua del Tajo azul de cielo la había amado con una mujer que me repetía “Não: não quero nada”.
La mía, un genio que quería ensanchar el Tiempo.

Wim Wenders ha comprendido todo esto. La vida filmada de Friedrich Munro es ajena a este. Le pertenece no a él sino a la realidad filmada por encima del hombro y a quien se percate de ser filmado. Y él, el director, hace de un documental una película: Lisbon story. Título en inglés como “Lisbon revisited”.
La realidad no real, no onírica, no filosófica, no teísta, y sin embargo condenadamente auténtica de Lisboa, empecé a amarla junto a Philip Winter, siguiéndola boquiabierto y los ojos de par en par por los callejones que no quieren a ninguno que les diga cómo ser, entre los azulejos que no piden a nadie que explique su relato, con una música que pide solo ser escuchada con el corazón y no con los oídos.
Una película intensa y atónita como Lisboa; invasora como una imagen de emoción que permanece.
Y para no amar demasiado a Teresa la suerte es verla con una mujer que sea mujer.
Y afortunado yo que la mía no ha visto la película pero ha visto Lisboa.
Conmigo.

 

 

[1] “Não basta abrir a janela”, en Fernando Pessoa, Poemas Completos de Alberto Caeiro, 1946.

[2] “Para ser grande, sê inteiro”, en Fernando Pessoa, Odes de Ricardo Reis, 1945.

[3] De “Lisbon revisited”, en Fernando Pessoa, Poesias de Álvaro de Campos, 1944.


 

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