Recuerdos de viajes de un italiano escondido

de Enrico Proietti

Traducción de Magdalena Álvarez
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Barcelona

30.10.2015 14:24

Perdí las llaves de mi alma en aquella ciudad compacta y variegada. Las dejé convencido de que ella las habría tomado consigo. En cambio tuvo miedo, y tomó solo su cierre. En la estación de Barcelona-Sants, llevando en mano un infeliz ramo de claveles comprado para mí por un infeliz mientras yo ya la buscaba, corría hacia el andén hendiendo a los viajeros que salían. Parecía un idiota, pero un idiota pertinaz y por ello feliz. Pero no lo estaba, feliz.
¿Dónde estaba aquel sueño? No verlo aún me encogía las entrañas. No se puede perder un rendez-vous intensísimamente deseado. Y sin embargo se llega siempre tarde a las citas que más significan para uno. Es como una maldición. Que aquí, de nuevo, en esta estación subterránea, corría el riesgo de confirmar.
Por un tris no fue así. Allí estaba, en el andén, envuelta en un aura luminosa, también ella mirando en torno, mientras avanzaba estorbada por lo necesario para pocos días. En cuanto nos vimos comenzó el estúpido juego de las negaciones innegables, del no mostrar lo que no se puede ocultar, del usar palabras mendaces y del no desmentir las idénticas del otro.
¿Cómo hace uno para amar solo un poco? El amor es un sentimiento absoluto. Y si no lo piensas de joven (como lo era ella) ¿lograrás envejecer sin envejecer?
Yo amaba; lo que en ella quería amar. Lo que me contaba a mí mismo sobre cuanto ella debía ser. Le hacía interpretar un papel de las películas que me inventaba de niño, sin realmente haber nunca crecido.
Ella, ella no podía no amarme. Le entreabría inesperadamente los albores de horizontes aguardados y sin embargo desconocidos. Representaba el término de comparación mejor para cada una de sus ideas. Pero, ironía burlona, a ella le frenaba el sentirme grande, mayor, demasiado para ella. Y no solo por esto: también por mi tener que forzarla, en ocasiones, a no seguir siendo un cachorrito en busca de la teta materna y mi tener que hacerle tomar decisiones de sufrimiento y madurez; por mi correr demasiado, teniendo ya camino que recuperar, por mi obstinarme en querer cambiar la geografía, que nos condenaba.
La vencieron los miedos.
Pero en el enjambre de aquella ciudad indiferente, todo esto pareció olvidado, para conceder unas pocas horas de premisa a una ilusión cegadora: que yo ennoblecí llamándola esperanza.
Gastamos horas de ceguera voluntaria, de no preguntar y no decir. Sobre todo, nos mirábamos el uno a la otra a unos ojos que centelleaban, para ir más allá de las estúpidas palabras sobre las que habríamos construido -y en parte lo hacíamos- máscaras que colocarnos en cualquier ocasión.
Caminamos en la noche a lo largo del Passeig de Gràcia, sin mirar en ningún momento hacia delante, la mano en la mano fingiendo no hacerlo, contando mentalmente las luces reflejadas en las pupilas. El frío nos incitaba abrazarnos, pero resistimos, llenos de insana virtud.
Turistas distraídos, pendientes del deber de dar alguna ocupación a nuestro silencio, visitamos la ciudad: no pudimos perseguir nuestros deseos más que tras las agujas de la Sagrada Familia, añadiendo nuestra expiación viviente, precedente al pecado mismo, a aquella pecuniaria de los barceloneses; nos confundimos entre la multitud que preparaba el fin de año, diluyendo nuestras expectativas en aquellos rituales de la gente de la calle, ignotos cómplices de nuestra autocastración. Buscamos inconscientemente una solución demorándonos entre los callejones y tascas del Barri Gòtic; ahogamos todo instinto en las fuentes coloridas de Plaça de Espanya, coloridas por una alegría que no lograba invadirnos.
Subimos, en fin, al Castell de Montjuïc, en otra noche, límpida e inmóvil. Allí sobre el monte de los judíos, nos asomamos al mar. Fue el instante en que más pequeñas fueron las distancias entre deseo y miedo entre ilusión y esperanza.

Monte de Judíos
antiguo
y
moderno
Estrellas lucían
montajes portuarios
abajo
brillaban
Al frío
dos tontos
entre cielo y tierra
mirando a la mar
maldiciéndola
porque no sabían
navegarla
no encontraron
un fuego
Pocas
centellas
naúfragas
no incendian
leña así endurecida
por inviernos
o
papel mojado
de excesivo miedo
Tampoco en el Monte de Judíos
mágico
cómplice perdido

Cuando después, vencidos por nosotros mismos, hicimos por marchar, encontramos el portón cerrado. ¡Prisioneros en el castillo! Podría haber ocurrido lo irreparable, que ninguno habría jamás tratado de reparar, pero, para no pasar de la comedia a la vida demasiado bruscamente, lanzamos aquella llamada, poniendo por motivo al frío incipiente. Nuestro destino quedó por un instante suspendido: luego un viejo vigilante se acercó imprecando. Lo odié. Espero que ella también.
Habría querido acompañarla hasta Zaragoza, pero la niebla le dio el modo de impedírmelo.
Consintió que la acompañase a Reus, donde retomaría el Talgo. Lástima que aquel tren veloz no pasase por ahí. Así, en la estación de aquella adusta población catalana, la subí a un carro de ganado, reliquia de tiempos pasados, entre huesudas y gordas que se entrometían en nuestro enésimo adiós. El convoy partió. Verla marchar en aquella ínfima clase me encogió aún más el corazón. Me dolía, incluso.